Los negocios de la caridad (I)

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Contenedores buenos contra contenedores malos

No tengo nada en contra de que las entidades dedicadas formalmente a la caridad se gestionen en parte como empresas. Incluso estaría a favor de que sus presupuestos y facturas, a menudo dependientes de subvenciones públicas, pasaran por la misma fiscalización que exigimos a diario a cualquier otro gasto público, cosa que no ocurre. Lo que no entiendo es que las instituciones públicas intervengan en este tipo de negocios semilucrativos beneficiando a unos en detrimento de otros.

Hasta hace bien poco en Madrid teníamos contenedores de ropa usada casi cada 100 metros y era fácil poder deshacerte de tu ropa y calzado en cualquier momento, pero desde hace un tiempo el ayuntamiento decidió centralizar la recogida en unos exclusivos puntos limpios mucho más escasos y lejanos, dificultando a los vecinos poder colaborar en origen con eso de la separación de residuos.

Se supone que el destino final de los residuos textiles son entidades registradas sin ánimo de lucro y no cualquier otra entidad más o menos caritativa que revende la ropa. Al parecer, muchos de esos contenedores eran “piratas” porque utilizaban la excusa de la caridad para servir intereses lucrativos de particulares, lo que nada tiene que ver con ayudar desinteresadamente al prójimo.

Pero las entidades sin ánimo de lucro formalmente declaradas como tales hacen prácticamente lo mismo (ver aquí, aquí y aquí unos cuantos ejemplos). Así que el motivo que en su día se alegó para quitar los contenedores piratas por aquello de que venden luego la ropa y no la destinan a la caridad, parece más bien una intromisión en la libre competencia que solo ha servido para beneficiar a unas pocas entidades y perjudicar a la mayor parte de los vecinos, que en realidad solo queremos quitarnos la basura lo antes posible.

Además, la recogida de textil en los puntos oficiales se hace por los propios operarios del municipio y no por los destinatarios finales, coste que es nulo para ellos, a diferencia de lo que ocurría con los contenedores no oficiales, que eran vaciados por los propios dueños -perdón, piratas.

Recordemos que toda la ropa, no solo la que puede volver a ser usada, tiene valor de mercado, utilizándose en forma de relleno para una gran variedad de productos. En este reportaje de La Sexta se puede ver más información sobre el tema y los circuitos que sigue la ropa que donamos, algunos de los cuales acaban en países del tercer mundo. No queda muy claro quiénes son los proveedores ni los beneficiarios ante tanto intermediario que hay en la cadena, y yo desde luego me reservo el derecho a pensar que pueden darse perfectamente intercambios económicos entre unas y otras entidades sin que nos enteremos, precisamente por la natural opacidad al fisco que tiene todo aquello que se hace en nombre de la caridad.

Por extraño que parezca, en la sociedad del despilfarro la basura se ha convertido en objeto de deseo y una vez identificado el negocio con una materia prima a coste cero, el motor empresarial se ha puesto en marcha. Que sea en nombre de la caridad o no, parece entonces lo menos relevante.

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