Sobre la corrupción y el “Yo, si pudiera, haría lo mismo”

corrupcionSeguro que todos lo hemos escuchado de alguien. La corrupción que airea la prensa provoca la indignación de la gente, pero en algunos casos parece más bien una indignación teñida de envidia insana. Muchos se revelan a sí mismos en esos comentarios y demuestran, de paso, lo bien que algunos políticos representan al ciudadano normal y corriente; el que no tiene cuentas en Suiza pero le gustaría tenerlas, o el que no ha colocado a todos sus parientes en alguna empresa pública pero le gustaría hacerlo… si pudiera.

A los hechos más o menos delictivos que convierten la economía -sobre todo la economía financiera- en un casino de pillos, hay que unir esos pequeños actos deshonestos que aislados parecen de poca cuantía pero juntos no lo son y que importan, precisamente, porque revelan el sustrato social en el que nos movemos, algo muy a tener en cuenta por cualquier vendedor de ensoñaciones utópicas que aspire a gobernarnos.

Sobre la tradición de la picaresca en España no puedo dejar de recomendar esta breve y reciente aportación del escritor Julio Llamazares.

Los españoles no somos un caso aislado en el planeta en eso de la corrupción, por supuesto, pero hay particularidades históricas y culturales que sí son innegables. El asunto quizá tenga su explicación en los años de caciquismo, en eso de ser una democracia tardía, en no tener una revolución burguesa que acabara con la corrupta aristocracia, y en ser todavía uno de los grandes refugios geográficos que tiene la religión católica, el germen de nuestros valores durante siglos y la que ofrecía el perdón o las indulgencias compradas frente al cristianismo reformista que predicaba la redención por las obras. Da que pensar que los territorios conquistados fuera del Viejo Mundo por unos y otros reflejen tan bien esos mismos orígenes considerando lo poco exigentes que son en algunos sitios con sus propios gobernantes (una vista al mapa lo deja bastante claro).

De ahí nos viene la escasa penalización social que tienen entre nosotros este tipo de delitos, y la primacia de la reinserción del delincuente frente a la idea de la pena como castigo proporcional a los delitos cometidos. Nuestra fe en la bondad intrínseca vale siempre y para todos, incluso para aquellos supuestos donde vemos que la reinserción es científicamente imposible. No imagino el caso del preso belga que pidió a las autoridades la eutanasia en un país como Estados Unidos y no lo imaginamos sencillamente porque allí no se llegan a dar esos casos. Bélgica no es un país excesivamente religioso pero, entre los creyentes, la principal confesión es la católica.

Precisamente por lo arraigada que está por aquí la mentalidad que tiende a ser benevolente con el que hace pequeñas o grandes contribuciones al lado oscuro de la vida, incluyendo la economía, deberíamos ser todavía más exigentes en el control de los asuntos públicos. Si no podemos evitar que puedan aprovecharse quienes tengan la tentación de hacerlo, que, al menos, en caso de que lo hagan, tengan serias y ejemplarizantes consecuencias. No tanto por deseos de venganza -comprensibles en el caso de algunas víctimas- sino porque construir una sociedad más justa y transparente también nos los exige, si es que veraderamente así la queremos.

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