Una pastilla para casi todo

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Hace años uno podía ser tonto, tímido o gordo sin que le consideraran portador de una enfermedad; hoy cualquier cosa que desentone parece susceptible de ser nombrada y tratada como si lo fuera. Una vez creado el consenso en torno a una etiqueta para nombrar el problema (normalmente derivada del inglés), más tarde o más temprano acaba apareciendo en el mercado algún tratamiento en forma de pastilla. Y cuando no hay tratamiento porque el asunto todavía está en fase experimental, como mínimo aparecen adelantos de él en forma de suplementos alimenticios que prometen solucionarlo de la misma manera.

Se ha denunciado hace poco el caso de los excesivos diagnósticos de TDAH, niños hiperactivos y descentrados que sufren un trastorno conocido como Déficit de Atención con Hiperactividad. No seré yo quien niegue que tal cosa exista pero parece claro que lo que también existe es un interés nada sanitario ni social en que esa enfermedad se detecte en un número cada vez mayor de menores, y no solo menores.

La conducta humana es fruto de la biología que portamos y de su interacción con el ambiente. Tan importante es la genética como los aprendizajes que vamos forjando a lo largo de nuestra vida. En este sentido, la hiperactividad infantil puede ser un síntoma de que algo interno no funciona correctamente, pero también puede ser una llamada de atención o un indicador de que algo en el entorno habitual no está funcionando como debiera. En tal caso, el recurso al especialista médico para que haga el diagnóstico y nos dé la pastilla adecuada, puede servir como excusa para eludir investigar otras posibles causas, o incluso una interacción de varias.

OLYMPUS DIGITAL CAMERAEl problema entonces no es solo de la industria farmacológica, que, lógicamente quiere vendernos milagros y cuantos más, mejor, sino de nosotros mismos, que queremos soluciones rápidas y sencillas para cualquier cosa, y especialmente para aquello que, de otro modo, pondría el acento en nuestro propio comportamiento. La pastilla encaja a la perfección con el mundo de inocencia permanente en el que nos gusta vivir. Nos libra de hacer eso tan molesto que es la autocrítica y del esfuerzo que supone hacer los cambios necesarios para mejorar uno mismo o nuestro entorno.

El auge de los tratamientos para combatir la obesidad es otro buen ejemplo. Del lado científico se investigan las causas y se buscan patrones genéticos, algo que siempre es bueno saber, pero mientras llega el remedio mágico, tenemos todo tipo de ayudas dietéticas en forma de cápsulas haciendo furor en el mercado. Además, si el asunto se pone realmente feo, siempre podemos pasar por el quirófano. La cirugía estética sabe bien cómo sacar partido a estos males. Da igual las veces que se nos diga que el sedentarismo y la mala dieta están el origen del problema. Es más fácil tomar una pastilla que cambiar el modo de vida o nuestra forma de ser.

Tanto gusto le hemos cogido a eso de echar las culpas de nuestros males a alguna enfermedad o causa ajena a nuestra voluntad que incluso cuando no la hay, algunos hasta se la inventan, alegando que quizá la ciencia no se ha desarrollado lo suficiente para saber lo que les pasa. Conozco algún caso que se ha apuntado al Síndrome de Sensibilidad Química Múltiple (SQM), aun cuando la Seguridad Social no se lo ha encontrado. El eco informativo que recibieron algunos enfermos de lo que pudiera ser SQM, multiplicó después los candidatos a tenerlo. Dicen sentirse mal, con decaimiento y dolores crónicos difusos, y cualquier cosa que les parece poco natural está bajo su sospecha, incluso tener cerca la red wifi o el móvil, lo que más parece una aversión a la tecnología o a la industrialización.

Ello no impide que estos pacientes, con patologías más psicológicas que fisiológicas, acaben en la consulta de centros especializados en toxicidades raras, que realizan sin problema el análisis que buscan, eso sí, previo pago de grandes sumas. Poco importa que la toxicidad esté dentro de parámetros normales y, en realidad, consustanciales a cualquier habitante del planeta, aunque se vayan a vivir al campo. Al fin podrán descargar la responsabilidad de sus males en una causa ajena y salir contentos de la consulta.

MINOLTA DIGITAL CAMERAAsí las cosas, con la psiquímica solucionando todos nuestros problemas (reales o inventados), a nadie extrañe ver pronto entre nosotros ese mundo de ciencia ficción que inspiró a Stanislaw Lem en el Congreso de futurología.

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