¿Puede un ateo celebrar su santo?

Santos

La tradición

Si te llamas Francisco y vives en España hay bastantes posibilidades de que alguien te felicite el mismo día todos los años. Y lo mismo si te llamas Javier, Lourdes o Manuel. El santoral católico está repleto de personajes que llevaron una vida de sufrimientos,  no exenta de milagros -dos, al menos-, víctimas a menudo de persecuciones por su fe. No por casualidad el calendario gregoriano ha reservado un hueco para casi todos ellos, de forma que no hay católico de bautismo que no tenga algún santo o virgen que inspira su nombre y que le permite, si así lo desea, celebrar ese día. ¿Qué significa eso?

Para los católicos, las vírgenes y los santos son mediadores entre ellos y Dios y al celebrar el santo, celebran la vida ejemplar de aquellos que les protegen desde su nacimiento. Así que si te felicitan el día quienes no te conocen muy bien, aunque no celebres nada, quizá se lo debas a los vestigios modernos de aquellas actitudes inquisitoriales que antaño servían para identificar posibles herejes. Si no lo celebras, ya te has identificado como potencial hereje, lo quieras o no. Santos pero no inocentes. Quién sabe.

Entrar en la Iglesia católica es tan fácil como ser bautizado, algo que en nuestra cultura tiene lugar al poco de nacer, es decir, sin que intervenga para nada la voluntad del interesado. Salir, en cambio, es más complicado. Si el bautizado católico quiere renunciar al catolicismo de nacimiento una vez adulto y en plenas facultades, el procedimiento de renuncia, denominado apostasía, aparece envuelto de exigencias formales y molestas, tendentes obviamente a disuadirle. El hecho causa efecto en el interior de la institución pero no tiene repercusión administrativa ninguna, ni siquiera para las estimaciones de creencias mayoritarias en la población, ya que las estadísticas sobre este particular (como las que pueda hacer el Centro de Investigaciones Sociológicas) se realizan mediante encuestas por muestreo entre adultos, no utilizan registros basados en el bautismo de recién nacidos.

En el pasado, el bautismo de hijos de padres católicos era además asunto obligatorio, civil y religiosamente, ya que hasta 1977 los funcionarios del Registro Civil no podían registrar nombres de nacidos de padres católicos que no tuvieran correlato en el santoral romano, como se puede ver aquí.

¿Por qué se inventó la Iglesia católica celebrar el santo?

Por la misma razón que se inventó la Navidad o San Valentín: para ocultar y eclipsar con ello otras fiestas de origen pagano y similar fin; en este caso, la celebración del aniversario del nacimiento de cada uno, algo que ya practicaban egipcios y griegos como ritual de protección al recién nacido y posterior cumplidor de años.

La celebración del santo permitía aprovecharse de una tradición ya afianzada (la de los cumpleaños) y para ello muchos católicos devotos bautizaban a sus hijos/as con el nombre del santo/a cuya onomástica coincidía con el día de su nacimiento. En algunas regiones de España (Andalucía) todavía se celebra el santo y tanto o más que el propio cumpleaños cuando las fechas de calendario no coinciden.

El número de santos y vírgenes es por cierto bastante grande, entre 6.000 y 40.000 según quién y cómo se cuenten, así que los progenitores tienen bastantes nombres donde elegir. En los primeros tiempos del cristianismo debía ser tanto el interés por asignar nombres del santoral a los recién nacidos que algunos de estos santos se inventaron ad hoc, es decir, una vez puesto el nombre.

En el caso de los santos de mujeres el asunto tiene además la inevitable carga discriminatoria que es habitual en las religiones. Mientras los santos merecían el título por su sufrimiento y su vida ejemplar y milagrera, para las santas, la virginidad era un añadido, por eso en el caso de las mujeres católicas, el mediador con Dios suele ser una virgen: Cármenes, Conchitas, Marías, Guadalupes… todas tienen alguna virgen cuya onomástica pueden celebrar sin falta un día al año. Ni protestantes ni judíos comparten este culto a las vírgenes tan singular y característico del catolicismo romano.

Volviendo a la pregunta inicial, la respuesta es lógicamente no. Otra cosa es que uno pueda estar a gusto con su nombre y quiera, para variar, ser el centro de atención de sus allegados y conocidos al menos un día al año. Claro que para eso vale mejor el cumpleaños ¿no?

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