“The Knick” y la afición al bisturí

TheKnick

Si quitamos el ruido de fondo de la crisis política y la corrupción, destacan esta pasada semana un par de noticias que tienen que ver con la medicina. La principal y más importante ha sido la recuperación de la movilidad en un paciente con médula seccionada, tras realizarle unos injertos de tejido nervioso de diferentes partes de su cuerpo. El sueño de Christopher Reeve hecho por fin realidad. La otra, también impactante pero de tono más bien frívolo, ha sido el cambio de imagen de la actriz Renée Zellgewer después de pasar por el quirófano. Lejos de estar a disgusto con su nuevo fenotipo, la actriz afirma estar contenta de que ahora no se la pueda reconocer.

La cirugía estética lleva años causando furor en el mundo de la farándula y entre las personas más pudientes, aunque no siempre con buenos resultados. Tristemente famosos son los casos de Silvester Stallone, Mickey Rourke, Warren Beatty… ¡Cuánto mejor hubieran quedado si en lugar de anestesiarse para someterse a experimentos quirúrgicos, se hubiesen limitado a llevar una vida saludable y a aceptar el envejecimiento como la cosa inevitable que es!

Tener una buena imagen pública es el motivo del auge de este tipo de intervenciones, algo que no se limita al mundo del espectáculo. Muchos políticos, profesionales y millonarios anónimos (o no tanto) han hecho también su particular cambio radical en años recientes. El éxito social y la seguridad en uno mismo es más fácil de lograr cuando hay una buena imagen a la que agarrarse. La apariencia entra en las sinergias del éxito porque la belleza es también un signo de salud y envía mensajes biológicos de supervivencia que todos preferimos tener cerca. Es por ello que arriesgar la salud metiéndose en el quirófano voluntariamente para intentar tener más éxito no es algo incomprensible o carente de sentido, aunque sí sea una engañifla desde el punto de vista de la selección natural.

En el caso de la nueva Renée todavía está por ver si la imagen perfecta que cree tener ahora le va a permitir interpretar y gustar al público como antes de sufrir el cambio, ya que la gestualidad es parte importante del trabajo del actor. El cine siempre se ha caracterizado por lo superficial, pero para tener éxito en el mundo de la interpretación no basta con dar una buena imagen en dos dimensiones; el actor también debe ser creíble en 3D y la movilidad de su rostro es parte del todo, salvo que Renée the new generation quiera limitarse a hacer teatro noh.

El auge de la cirugía estética encaja bien con la sociedad tecnológica y de artificios a todos los niveles en la que estamos metidos, pero no es un invento moderno. Hace siglos ya se practicaba el corta y pega en diferentes partes del cuerpo para solucionar problemas estéticos y sin anestesia ni tratamientos para combatir infecciones. Se trataba entonces de cirugía reconstructiva. En la historia de la rinoplastia destaca el método Tagliacozzi (1545-1599) que servía para insertar colgajos de piel del brazo a quienes habían perdido la nariz, particularmente como consecuencia de la sífilis. El procedimiento tiene su origen en prácticas todavía más antiguas y a primeros del siglo pasado todavía se seguía realizando en algunos hospitales.

Un caso de estos se escenifica en la serie The Knick. El director Steven Soderbergh, como tantos otros últimamente, se ha pasado a la ficción televisiva en formato serie y lo ha hecho con una historia de médicos que en el año 1900 deben afrontar, con los medios de la época, los problemas y las enfermedades que tenían lugar en la ciudad de Nueva York por aquel entonces. Nos advierten los críticos que la serie representa escenas con altas dosis de realismo, no muy aptas para espíritus sensibles, pero después de ver la primera temporada puedo afirmar que estas escenas ni son tantas ni se recrea tanto en ellas. Nada que no se pueda solucionar con interponer algún obstáculo entre la caja tonta y el espectador durante unos segundos.

Hay muchas razones por las que recomendar The Knick, serie en la que confluyen atractivos históricos y científicos, además de los puramente cinematográficos, algo que seguro encontrarán los más aficionados a este director. Ocurre con la serie algo similar a lo que pueden recordar los lectores de La montaña mágica de Thomas Mann, una obra maestra de la literatura de la que también se extraen buenas lecciones sobre las limitaciones de la ciencia médica a principios del siglo pasado. Nos sorprende y nos impacta lo que se hacía hace poco más de cien años en cuestiones médicas y nos damos cuenta de lo vertiginoso del avance científico de los últimos años cuando miramos hacia atrás. A ello debemos seguramente nuestra presencia por aquí, y algunos, incluso, hasta su apariencia.

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