Privacidad, divino tesoro

Vieja'l visilloUna de las cosas que pronto van a desaparecer de nuestras vidas, además de los buzones de correos en la vía pública y los periódicos en papel, es la privacidad. O eso al menos es lo que cuentan.

Aunque si bien lo pensamos, la vida totalmente privada es algo que en realidad nunca ha existido. Antes de las cookies, Google y las redes sociales, ya teníamos a la vieja’l visillo, ese simpático personaje de José Mota que retrata a la perfección el incontenible deseo humano de conocerlo todo del vecino. Como buen observador de la psicología humana, Dostoievski también inmortalizó a esos detestables seres en sus novelas (léase “El Sueño del Príncipe”). La única diferencia es que ahora la informática y los dispositivos móviles les han facilitado el trabajo considerablemente.

Pero todo no iban a ser ventajas. Una de las consecuencias de esta súbita irrupción de datos personales en la red a coste cero son naturalmente las imposturas. Cotilleos, fraudes y excesos suelen ir de la mano; como en la vida misma, por otra parte.

La legislación moderna reconoce el derecho a la intimidad y a la propia imagen. Nuestra Constitución (esa que hoy parece papel mojado en tantos aspectos y para tantos lectores) menciona incluso la obligación legal de limitar el uso de la informática para garantizar el derecho a la intimidad (Art. 18.4). La Carta Magna sigue teniendo muchos defectos y un Título II con claros resabios medievales pero al menos en eso se sigue adaptando bien al paso del tiempo. El derecho al olvido, del que tanto se habla estos días, es también un ejemplo de cómo intentar proteger nuestra privacidad, pese a los tiempos que corren.

El uso de datos personales tiene además un gran valor económico, asunto de más calado y que va más allá del simple cotilleo. La información personal o profesional, gustos, preferencias de consumo, fotos, vídeos y, en general, todo eso que libremente regalamos a la virtualidad nos pertenece solo a nosotros por derecho y cuando hay tantas facilidades para exponerlo o intercambiarlo por cualquier otra cosa que supuestamente es gratis, podemos estar seguros de que lo estamos pagando, aunque en este caso sea con permisos y datos, y no con dinero.

Nos hemos acostumbrado a que ese intercambio se produzca incluso sin que nos enteremos. Y no es algo que afecte solo a los datos. Últimamente es bastante habitual asistir a conferencias, cursos, visitas guiadas, en las que se nos graba y se nos hacen fotos sin que nadie nos pregunte si queremos salir o no; o, a lo sumo, se haga la pregunta en conjunto, como si se tratara de un derecho colectivo y democrático. Se da por sentado que autorizamos por defecto cualquier uso de nuestra imagen cuando estamos en contextos públicos e incluso cuando no son del todo abiertos. Hay a veces más rigor en la actualización de algunas aplicaciones informáticas que en el comportamiento cotidiano de algunas personas, pero el derecho en cuestión sigue siendo el mismo.

La facilidad con la que nos desprendemos de datos privados ha puesto tal cantidad de información a disposición de terceros que el problema se ha añadido a la larga lista de ejemplos que sirven para ilustrar el tema de moda de los big data. Hay una carrera continua entre la acumulación de datos y la capacidad real para analizarlos al nivel al que se pretende. Retos técnicos que sin embargo no preocupan lo más mínimo a quienes seguimos haciendo y reivindicando un uso sensato del derecho a la vida privada y a la propia imagen. No se trata de negarse a los tiempos y a la modernidad, sino de dar esos datos solo cuando y a quienes nosotros queremos darlos, no cuando alguien lo decide por nosotros.

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