La insoportable inutilidad del presentismo

Echar horas en el trabajo no es lo mismo que trabajar. Una característica de la cultura laboral en países latinos y mediterráneos es el exceso de horas inútiles que pasamos en los puestos de trabajo. Pero ¿es cierto el estereotipo que tienen de nosotros o se trata de un viejo tópico?… Y suponiendo que sea cierto ¿qué causa esa afición que tenemos algunos a considerar la oficina, el taller o la fábrica como un lugar donde además de trabajar se pueden hacer legítimamente otras cosas?…

Frente a esta cultura del trabajo como lugar donde hay tiempo para todo, alemanes y nórdicos se suelen poner como ejemplo de lo contrario. En estos países la jornada laboral es más corta. Pasan menos horas que nosotros en el puesto de trabajo, pero el tiempo que pasan es realmente de trabajo. Su productividad -se dice- es más alta. Y nos guste o no, los datos de momento confirman estas diferencias.

Fuente: Eurostat

Fuente: Eurostat

Una forma de medir la productividad consiste en dividir el valor añadido de lo producido entre el número de personas que hacen falta para producirlo. El indicador es relativo al valor de mercado o, en el caso de los servicios públicos, a su coste y guarda relación con los salarios, pero no es exactamente un equivalente al salario. Lógicamente, cuanto mayor sea ese valor y menor el número de personas o jornadas necesarias para producirlo, mayor será la productividad. De ahí que la pérdida de empleo suponga a veces una ventaja competitiva, si se consigue producir -al menos- lo mismo que antes. Pero, claro, hay un límite natural a la capacidad de trabajar, inherente a cada persona, y en el valor final de lo producido tan importante es la cantidad como la calidad. Es por eso que echar más horas no es una garantía de incrementos en la productividad, pudiendo producir justamente el efecto contrario. Es bien conocido que la fatiga afecta a la precisión en las tareas que se ejecutan y por lo tanto a la calidad del resultado.

Fuente: Eurostat

Fuente: Eurostat

El país del Unión Europea en el que se registran jornadas laborales más largas es Grecia, que a su vez es uno de los países en los que la productividad es más baja. ¿No nos debería hacer esto reflexionar?

Quizá no se trate de que los latinos seamos más indolentes que otros europeos, sino que al imponernos jornadas innecesariamente largas nos vemos obligados a ocupar más tiempo que otros en asuntos menores (llamar por teléfono, consultar el correo, charlar con compañeros, alargar los descansos, leer el periódico, etc.).

En su famoso Elogio a la ociosidad, Bertrand Russell atribuía nuestra singularidad al sol mediterráneo. Se hacía eco del estereotipo que nos lastra, aunque en este caso para convertirlo en virtud. El sol puede ser una buena explicación para entender los horarios de nuestra peculiar vida social, sobre todo en verano, pero los horarios innecesariamente largos en las empresas son la verdadera causa de la improductividad.

Según Adecco, una de cada dos empresas españolas reconoce tener hasta un 10% de jornadas improductivas. Es decir, uno de cada diez trabajadores es la viva imagen del coste que tiene para ellas el presentismo, algo que no deriva solo de la pérdida de producción estimada, sino del consumo de medios y energía durante el tiempo improductivo, mayor por tanto al coste del absentismo.

El aumento de la productividad derivado de la innovación tecnológica en las últimas décadas (o siglos) apenas ha reducido las jornadas laborales. Ni siquiera el incremento del desempleo con las crisis económicas parece haber alterado las viejas costumbres en lo que se refiere a nuestra forma de seguir produciendo para generar valor económico.

Como ya comentamos en una anterior entrada, gran parte de la producción hoy en día está basada en intercambios de información y en el mundo de las comunicaciones móviles cada vez es menos necesario trasladarse a una oficina para eso que llamamos “fichar”. El teletrabajo es una ayuda para combatir el presentismo y sus perniciosas consecuencias ya que está basado en medir lo producido, olvidándose por completo de los horarios. Todas las discusiones en torno a la jornada laboral obligatoria (ya sea de 35, 37 o 40 horas semanales), dejan de tener sentido cuando cambiamos de punto de vista y nos centramos exclusivamente en lo producido y en su calidad.

Hay además otro argumento a favor de la reducción de jornadas inútiles, por si los económicos, los tecnológicos y los relativos a la calidad no fueran ya suficientes.

Fuente: Eurostat

Fuente: Eurostat

Con el objetivo de evitar la sobrecarga en los sistemas de pensiones se plantea retrasar todo lo posible la edad de jubilación, según aumenta la esperanza de vida. Pero no por casualidad, los países con jornadas laborales más cortas son también los que tienen una vida laboral más larga antes del retiro.

El hecho de cambiar la edad mínima obligatoria por ley no fomentará por si solo el deseado envejecimiento activo, pero recortar progresivamente la jornada laboral sí podría hacerlo.

Ello permitiría, además, la progresiva incorporación de generaciones más jóvenes, propiciando el necesario intercambio de experiencia por formación, en lo que sería una ganancia final para todos.

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