Las trampas de la mente

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Sesgos y prejuicios

Decía en la entrada anterior que ideologías y creencias están destinadas a causarnos más mal que bien. Al descansar en el lado emocional de nuestro cerebro son fuente de sesgos cognitivos por un lado y de mandatos morales por otro. La parte menos mala de la historia es que entre emociones y racionalidad existe un vínculo de ida y vuelta, tal y como refleja la imagen de arriba.

Los sesgos son parte de nuestra herencia evolutiva y cumplen bien su función, nos dan respuestas rápidas y rellenan información fragmentada allí donde hace falta. Sin embargo, esas mismas virtudes los convierten en fuente de error, al simplificar y filtrar los datos de forma inadecuada. Es lo que hace que seamos malos correctores de nosotros mismos.

No es algo que afecte solo al ciudadano común o a los más manipulables; todos tendemos a ver los datos según nuestra propia perspectiva, con el agravante de que acumulamos más error cuanta menos información tenemos.

Un caso habitual se da con los titulares de la prensa diaria sobre los millones de pobres o el porcentaje de pobreza. El profano en la materia interpretará el dato por lo que él entiende que es la pobreza, más todavía cuando la información viene ya acompañada de fotos tendenciosas. Casi nadie invierte tiempo en averiguar qué es lo que el indicador mide o cuál es su contexto. Pero no hacerlo así lleva al enfrentamiento y la confusión, pues el mismo dato (realidad) que a unos sirve para decir que nunca en la historia ha habido menos pobreza ni mejor salud y educación de la que hay ahora; para otros es la prueba irrefutable de que el sistema no funciona y debe ser cambiado radicalmente.

Tenemos mucha información hoy, pero pocos filtros enseñados y aprendidos para poder procesarla con la habilidad y el tiempo que ello requiere. El asunto no es mera opinión; es de hecho algo que afecta a la confianza que los mismos científicos tienen sobre el flujo de datos que les rodea, como muestran ya algunas quejas en ámbitos un poco más especializados. Si esto ocurre entre quienes tienen como misión analizar y producir datos, qué no pasará con los que somos meros consumidores de los mismos.

En ciencias sociales y economía el asunto de los sesgos ideológicos está a la orden del día (en éste y este otro sitio pueden ver dos ejemplos recientes). Nadie parece estar libre de sesgos.

La divulgación científica es aquí un arma de doble filo, que sirve tanto para expandir conocimiento como malas interpretaciones, y aunque en ciencia se confía en la revisión por pares para depurar la calidad de la información publicada, tampoco este sistema es del todo perfecto, como demostró el caso Sokal.

Por otra parte, las creencias no son solo una fuente de sesgos a la hora de interpretar la información, también envían mandatos al componente moral de la conducta, lo que al final guía nuestras acciones, de forma más o menos consciente, y no siempre para hacer el bien.

Quienes investigan las raíces de la violencia han observado que lo que hay detrás de la mayor parte de las conductas violentas es el ‘equipaje moral’ que sistemáticamente sirve de excusa y justificación para cometer ese tipo de actos, en mayor medida que trastornos psicológicos o determinados entornos socio económicos.

Además de influir sobre la conducta inmediata, mandatos morales influyen también en el conocimiento que podemos tener acerca del mundo, decidiendo sobre acciones de más largo alcance. Es el caso de la investigación en biotecnología, donde la moral vigila de cerca numerosos proyectos, a veces, al amparo del prejuicio.

La bioética y sus consejos e informes intervienen en la práctica hospitalaria y en todo campo científico donde la investigación está socialmente sujeta a controversia. Personas en estado comatoso y degenerativo cuyos familiares reclaman una muerte digna llegan estos días a la prensa y cada vez lo harán en mayor medida, por el aumento de la esperanza de vida y de poblaciones cada vez más envejecidas.

Steven Pinker, psicólogo experimental, representa bien la posición de quienes piden más pragmatismo y menos precaución por razones morales en la investigación científica. En un reciente artículo ha expuesto públicamente su postura en contra de las intromisiones que dificultan importantes avances médicos.

Ciclo y jerarquíaUn esquema algo más elaborado que el de arriba resume bien lo dicho hasta aquí.

Sesgos y prejuicios se contrarrestan desde la racionalidad y sus herramientas son eso que he denominado genéricamente ‘argumentos’. Argumentos prejuiciosos o sesgados (pruebas, datos, opiniones…) se combaten con mejores argumentos, esto es, más basados en la razón que en la emoción. Si admitimos que no podemos cambiarnos, seamos al menos conscientes de nuestras limitaciones para tratar de mejorarnos.

Dejo una última reflexión sobre moral y religión para la siguiente entrada.

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