¿Max Weber en un gráfico?

La globalización ha demostrado tener efectos poderosos al homogeneizar prácticas, estilos y modos de vida, y la tecnología se ha convertido para ello en un buen aliado. Sin embargo, las diferencias entre los países están lejos de desaparecer. Son notables entre los más alejados y aislados entre sí pero también entre países próximos y con lazos históricos en el pasado.

En cuestión de valores personales Estados Unidos y Europa Occidental muestran todavía algunas de estas diferencias, como refleja la desigual importancia del individualismo en la última encuesta sobre valores llevada a cabo por Pew Research Center aquí comentada.

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De los cinco países que se comparan, España es el que menos valora el hecho de tener libertad para conseguir metas individuales y aquel en el que más importancia tiene que el Estado cubra las necesidades de otros. El Estado no tiene riqueza propia sino que la obtiene de la sociedad (restándosela en forma de impuestos, añadiría Bastiat), de ahí el interés de contraponer ambos valores como indicador de la importancia que damos al individualismo en unos y otros sitios.

No podemos dejar pasar estos resultados sin recordar el clásico de Max Weber sobre el origen del capitalismo. Según sus estudios, el cambio doctrinal que impulsaron teólogos de iglesias protestantes durante el siglo XVII sentó las bases psicológicas para el espíritu del capitalismo moderno, que sería exportado al Nuevo Mundo como equipaje moral de los primeros colonos.

Al estallar la reciente crisis económica ya se aludió a la diferente religiosidad de unos y otros países europeos para explicar la coincidencia de los no protestantes PIIGS (Portugal, Irlanda, Italia, Grecia y España) en todos los síntomas de la mala gestión durante el período previo de bonanza: burbuja, corrupción, endeudamiento… Y también en la forma no muy responsable de pretender resolverlo en algunos casos, aspirando incluso el impago de la deuda mediante un rápido “aquí paz y después gloria”. Nótese que en lo de echar la culpa a los demás, rechazando las propias responsabilidades, ya se revela el abandono del individuo en favor de un difuso colectivo.

Grecia, de religión ortodoxa, sería la excepción dentro de los católicos PIIGS, aunque no en la práctica. En el país que ha estado más cerca de romper la actual Unión Monetaria por sus finanzas todavía era normal hasta hace bien poco ver jerarcas eclesiásticos junto a las más altas autoridades civiles en la toma de posesión del gobierno. Las diferencias entre una iglesia y otra (católicos, ortodoxos) tienen que ver con el poder territorial, la disciplina del clero y la importancia mayor o menor que cada una de ellas otorga a los personajes místicos, pero no implican cambios de valores o de orden moral.

Desde sus orígenes -nos dice Max Weber- el catolicismo castigaba duramente a los herejes pero era más suave con los pecadores, quienes en última instancia podían salvarse mediante la confesión y la penitencia. El protestantismo prohibió la salvación sacramental, pues rechazaban la idea del intercambio y al comportamiento inmoral que podía derivarse de ahí, y al establecer como criterio la fe interior y el buen ejercicio de la profesión, dejaba solo al cristiano frente a su Dios. La misión terrenal del buen cristiano reformado consistiría en acreditar mediante sus acciones la seguridad interior de estar entre los elegidos.

Este protestantismo ascético en una fase avanzada de la Reforma permitió el cambio de mentalidad necesario para el desarrollo posterior del capitalismo. No sería, pues, el goce mundano frente a la vida monacal, como a veces se ha insinuado, sino precisamente las particularidades teológicas de aquellas primeras sectas puritanas (calvinistas, metodistas, baptistas, pietistas) que por sus matices heréticos dentro del propio protestantismo y las demás religiones en conflicto, fueron inicialmente perseguidas y hubieron de buscar acomodo en nuevos territorios (Nueva Inglaterra, Suiza, Sudáfrica). Los metodistas, por ejemplo, fueron perseguidos por su particular disposición para el trabajo.

Benjamin Franklin, hijo de calvinista rico y uno de los padres fundadores de los Estados Unidos, además de científico, inventor y político, elaboró una ingeniosa forma de inculcar consejos sobre ahorro y urbanidad mediante refranes y aforismos insertos en un almanaque que podía llegar a todos los hogares. Algunos de ellos parece que aún perviven en la cultura norteamericana. La idea refleja bien ese espíritu innovador y laborioso del capitalismo que se quería expandir en el Nuevo Mundo, ausente todavía en la Europa más tradicional y católica, donde trabajar era visto como algo necesario para la supervivencia pero ajeno a la moral. El hombre precapitalista trabaja para vivir, mientras que para el protestantismo ascético las pocas ganas de trabajar ya son síntoma de que se carece del estado de gracia.

El individualismo de estos protestantes estaba en esas cualidades éticas originales de raíz religiosa que cambiaron la mentalidad de sus seguidores tras un largo proceso de educación. El calvinista se construye a diario y para sí la certeza de su propia salvación, no como intercambio de obras por salvación sino como lema de vida: “Dios ayuda a quien se ayuda a sí mismo”. Al sentirse más aislado que el cristiano tradicional su sentido de la responsabilidad, la culpa y la deuda también sería mayor.

Una vez que echa a andar el capitalismo se pierden en el tiempo esos primeros impulsos psicológicos que conllevó el cambio de mentalidad. Puede que ni siquiera estuvieran ya en los escritos del propio Franklin, mucho menos en nuestro tiempo, pero si fueron uno de los factores que ayudaron a perfilar las diferencias entre lo que hoy son países ricos y pobres, no sería extraño que también explicaran la diferente importancia que otorgamos unos y otros al individualismo.

Pese a la globalización y las migraciones, un 70,6% de los estadounidenses se definen hoy como cristianos y son los protestantes evangélicos el colectivo mayoritario  (25,4% frente a un 20,8% de católicos), entre los que seguro se encuentran los herederos de aquellos primeros colonos que llevaron consigo el ascetismo intramundano del que hablaba Max Weber.

En España ya vimos que el 70% se declaran católicos, aunque más de un 60% de ellos dicen no asistir a oficios religiosos nunca o casi nunca. En tiempos del nacionalcatolicismo se condenaba el marxismo y el sindicalismo, pero también el liberalismo y el capitalismo. Algunos liberales conservadores citan hoy con orgullo páginas de encíclicas como prueba de que el libre mercado cuenta ya con todas las bendiciones, pero es que, en realidad, no parece que a nuestro clero mayoritario le haya preocupado mucho la forma que tenga de regirse la política o la economía, pues lo que de verdad les interesa es el reparto (que es lo opuesto al vivir y dejar vivir del individualismo) y, particularmente, el reparto hacia ellos, quizá por eso de que el Estado cubra las necesidades de todos y de paso siga dando a Dios lo que es de Hacienda.

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