Filosofía contra el pensamiento único (I)

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Fernando R. Genovés ha publicado su último libro: La riqueza de la libertad (2016)

Conversamos con el autor sobre éste y otros asuntos


Sobre el autor

Fernando R Genovés - El Gatodonte-EntrevistaFernando R. Genovés (Valencia, 1955) es escritor, ensayista, crítico literario y analista cinematográfico. Doctor en Filosofía. Premio Juan Gil-Albert de Ensayo, 1999. Autor de numerosos artículos en periódicos y revistas especializadas, entre otros, Libertad Digital, ABC Cultural, Las Provincias, Claves de Razón Práctica, Debats, Revista de Occidente, El Catoblepas.

Ha publicado, hasta la fecha, trece libros de ensayo, entre los que cabe citar Marco Aurelio. Una vida contenida (2012), La ilusión de la empatía. Ponerse en el lugar del otro y demás imposturas morales (2013), Dos veces bueno. Breviario de aforismos y apuntamientos (2014), El alma de las ciudades. Relatos de viajes y estancias (2015). Su último libro publicado lleva por título La riqueza de la libertad. Librepensamientos (2016).


Parte I: El liberalismo, el anti-occidentalismo y el papel de la Filosofía

Sostiene en el libro que ser liberal no significa necesariamente ser conservador. Añado que el liberalismo es utilizado a menudo por quienes menos lo son y peor uso hacen de él. En sentido contrario, seguro que hay liberales de talante y pensamiento que ni siquiera saben que lo son por falta de un buen referente. ¿Por qué esta mala fama?

Las vigentes corrientes liberales de pensamiento y opinión no están libres de los pecados y las faltas contra el fomento de la libertad, en el sentido más íntegro del término. Y por señalar una paradoja más en la realidad española: siendo la patria que ha acuñado el concepto “liberal”, y en buena medida le ha dado forma y sentido, en España el conservadurismo ha tenido más peso e influencia en la práctica política que el liberalismo, hasta el punto de que el republicanismo y la izquierda política se han esforzado por apropiarse de su tradición. A fin de marcar distancias, han concebido el palabro “neoliberalismo” —es decir, el liberalismo “malo”— expresión fantasiosa y tendenciosa que  aglutinaría, a su corto parecer, todos los males del mundo.

…Y como resultado, el liberalismo en España no es bien entendido o no es popular. Según algunas encuestas, España es uno de los países desarrollados que menos valor da al individualismo. Preferimos sacrificar las propias metas en favor de un Estado omnipotente. Eso no enriquece las naciones, pero el mal uso que se ha hecho de dicha categoría desde posiciones llamadas liberales tampoco ha ayudado a mejorar las cosas. La corrupción, por ejemplo, ha hecho que se pierda legitimidad para impulsar reformas. Ocurre en países demasiado acostumbrados al igualitarismo forzado de los pobres y al paraguas del colectivismo. Parece difícil salir de ese círculo. Si es tan enriquecedora como parece, ¿por qué sigue habiendo miedo a la libertad?

Es paradójico que los españoles tengan fama de individualistas, pero, sin embargo, tiendan con facilidad al gregarismo y aun al sectarismo, y, en su mayor parte, se sientan fascinados (casi diría “hechizados”) por el dominio y la expansión de lo público. Por otra parte, conforman una comunidad que, lejos de promover la cooperación y la interacción, se halla viciada por el cainismo, cuando no por el crudo guerracivilismo. Por ello, en vez de individualistas, diríase que son indivi-duelistas. Los políticos más irresponsables y demagogos son proclives a excitar dichas pasiones y dicho temperamento. Con todo, soy consciente de que es muy problemático hablar en términos de caracteres nacionales. El miedo a la libertad y el talante colectivista crecen allí donde predomina el hábito asistencial y se vive a la sombra del Estado.

La libertad hizo posible la riqueza y hoy Occidente sigue siendo el mundo rico, aunque acosado desde diversos frentes. Uno de ellos nace desde dentro. ¿Cómo se combate ese tonto masoquismo antioccidental que desde la izquierda reaccionaria se promueve más o menos conscientemente? ¿Es afán autodestructivo o deseo de crear confrontación por aquello de que cuanto peor, mejor?

El odio a la riqueza y el odio a la libertad proceden de una misma raíz, que suele conceptualizarse con el término “pobrismo”. Se encuentra ya en los escritos y mensajes evangélicos (el Sermón de la Montaña), así como en la filosofía: Aristóteles diferenciaba entre economía (administración de la casa; algo bueno) y crematística (intercambio comercial que produce ganancia; una cosa malísima…). El dinero —que representa, justamente, el epítome del intercambio— proporciona a las personas autonomía y libertad de movimientos. Llega a nuestras manos por ventura (una herencia, un golpe de fortuna) y/o por el trabajo, el esfuerzo, el emprendimiento, la inversión…. Pues bien, la gente suele recelar del azar y del mérito, acogiéndose a “valores” más seguros y cómodos: tener todo lo más controlado posible, evitar riesgos y sobresaltos, seguir la rutina, “ir tirando”, vivir al día, etcétera.

La izquierda política, todavía hoy, manifiesta hard feelings respecto a la riqueza, valor que contrapone al poder del Estado. El individuo logra una posición social o por su nivel económico o por la influencia que, de múltiples modos (desde afiliarse a un partido político hasta pedir una subvención o una pensión), le proporcione la política. La izquierda política promueve, claro está, la segunda vía. Con todo, su odio al rico oculta, en realidad, un profundo resentimiento por el pobre, pues sabe —lo cual le subleva— que el principal anhelo del pobre es hacerse rico.

Pues, los datos son elocuentes. Se ha reducido la pobreza extrema hasta niveles nunca vistos y no sólo en esta parte del globo, pero los indignados (u oportunistas) dicen querer la misma riqueza para todo el planeta y la quieren ya, sin dejar de usar su smartphone y sin molestarse antes en discutir cómo y por qué hemos llegado hasta aquí. Las comunicaciones han acercado personas y también problemas que antes se veían mucho más ajenos y alejados. ¿Tiene algo que ver con ese desinterés general por los logros de la libertad la mala filosofía enseñada durante décadas dentro del sistema educativo?

La actitud prejuiciosa y cínica a la que se refiere deriva de una filosofía de la vida ampliamente extendida, hasta la asfixia, en el sistema educativo, pero también en los medios de comunicación, en las creencias colectivas, en la propaganda política, conformando lo que se conoce con el término “pensamiento único”, entramado ideológico y doctrinal de inconfundible tinte totalitario.

Sea o no por ello, la filosofía, como se viene entendiendo e impartiendo, está en riesgo de desaparecer de la escuela. ¿Cómo imagina el estado de la filosofía de los próximos años? ¿Cuál sería su verdadero valor añadido?

No concibo la vida sin filosofía; o por decirlo con mayor precisión: sin la perspectiva que proporciona la filosofía para vérselas con la realidad. Pero, la filosofía entendida en el sentido clásico (como forma de vida), no en el moderno (como materia curricular que se imparte en un centro escolar). Aunque lo que voy a afirmar no me granjee muchas simpatías entre mis antiguos colegas de enseñanza, he aquí mi criterio: mantener la asignatura de Filosofía en los planes de estudio es cosa absurda y hasta perjudicial para la salud de esta forma de saber.

La filosofía precisa de “aire puro”, del espacio abierto de la civilidad, para que resulte estimable y beneficiosa. He escrito un libro, Saber del ámbito. Sobre dominios y esferas en el orbe de la filosofía (2001), en el que examino en extenso dicho asunto. Allí constato el siguiente hecho: la obra filosófica más valiosa ha devenido de pensadores no vinculados a la práctica educativa, mientras que los filósofos que menos me interesan son, casi sin excepción, profesores que han escrito libros de filosofía al modo de “libro de texto”, con el objeto primordial de polemizar con otros profesores de filosofía.

(Continúa en la siguiente entrada)

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2 comentarios en “Filosofía contra el pensamiento único (I)

  1. Esta entrevista me reconcilia con mis ideas de siempre, que a veces yo mismo he censurado porque ser liberal era ser de derechas y, simplificando mucho, ser malo malísimo. Ahora puedo decir lo que siempre he dicho hasta que harté de que la gente me mirara raro: soy liberal, de los liberales del siglo XIX que formularon nuestro sistema social y político, de los mismos que le dieron al ciudadano su sitio en el mundo, de los que nos enseñaron que se puede conquistar una posición sin tener que haber nacido en tal o cual familia, tan solo con esfuerzo diario, con méritos y con capacidades.

    Enhorabuena.

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