El teatro de la indignación

mascaras

Animalistas deseando la muerte a un niño con cáncer que quiere ser torero, niñas agredidas en colegios por coger un balón, oficiales apaleados en la calle junto con sus parejas, universitarios que impiden hablar a conferenciantes mientras abrazan terroristas… Añadamos el vituperio de las redes sociales y la peligrosa indiferencia del no alineado, ese vano recurso del mediador que juega a ser empático selectivo con los culpables. Lo vemos u oímos en los comentaristas de prensa, que intentan quitar hierro al asunto, y hasta en la vida diaria.

Intente recordarle al dueño de un perro que se ocupe de lo que su mascota va dejando por ahí o llamar la atención a quien pone las manos descubiertas entre peras y manzanas. Da igual que la norma esté de su parte y que el acto incívico no sea ni siquiera opinable. El incívico justificará lo suyo con algún alegato propio de indignados y de paso regalarle unos cuantos improperios: “¿Es que a usted no le gustan los animales?”, “¿Quién se cree usted que es?”… Nada de disculparse y darle las gracias por la información; hacerlo implicaría reconocer alguna limitación, siquiera formativa o informativa, y eso ya no se lleva. Las escenas sirven de mecanismo de defensa, mirar para otro lado, exculpar y exculparse. Además, son multiuso. Si se indigna, sus motivos tendrá. Tolerancia y relativismo más indignación y pose ayudan al necio a seguir en sus trece, para lo que se tercie, hasta triunfar.

Indígnate mucho, enseñan algunos, contra los desahucios o contra la pobreza, causas nobles y genéricas, te den o no la razón los datos, que los medios ayudan, porque tienen que vender, y con un poco de suerte, podrás salir libre de cargos y saltar del mercado laboral a viajar y vivir como un concejal o, qué digo, como un diputado.

La indignación a escena se ve reflejada también en el mundo de la cultura, desde la misma escena, desvelando sin pudor su simpatía por líderes mesiánicos y demás grupos anti-desodorante. Intelectualidad y cultura al servicio de la ideología.

He aquí lo que dice para excusarse el protagonista de una obra de teatro actualmente en cartel, que finge necesitar un transplante para no ir al trabajo: “¡Es por culpa de mi jefe, un nazi neoliberal que amenaza con contratar a otro y echarme si estoy de baja!”. El ‘indignao’ quiere estar de baja, no trabajar de bajón (mal de amores, dice), pero dejando la cosa clara: no es que sea un aprovechado o un timador, es que la culpa es de los demás. Omitiremos el nombre de la obra para no estropear el divertimento a los posibles espectadores.

n122p07aEn el recomendable ensayo La indignación a escena dice su autor:

“La indignación, además de otros vicios o defectos, dota de energía y sugestión empática las técnicas de la representación de cara a la galería. En la escena, la indignación se juega la credibilidad. No por la consistencia en que pueda estar basada, sino en la habilidad que tenga para hacer verosímil al espectador (al público, en general) el contenido del papel que interpreta. Por medio de la indignación la reclamación se torna al instante en declamación. Uno puede estar cabreado o enojado en privado. Pero la indignación precisa necesariamente del auditorio y la concurrencia, de la publicidad. No hay indignación sin concurso público. Nadie se indigna sino de cara a los demás.”

Pues eso. Dicho queda. Tomen nota los que aplauden o regalan escena a los comediantes, y no se quejen después de las consecuencias.

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