Ken Loach y el bienestarismo

daniel-blakeLa última película del director de cine británico Ken Loach, Yo, Daniel Blake (2016), cuenta la historia de un carpintero de casi 60 años que se ve en la necesidad de solicitar prestaciones a la Administración, aquejado de una enfermedad cardíaca que le obliga a estar en reposo. En esta situación descubre la inhumanidad burocrática que se esconde tras las ayudas sociales y entra en contacto con otras personas víctimas igualmente de sus efectos. Cine social y de denuncia, en línea con sus anteriores trabajos.

Los recortes en los servicios públicos han acentuado el problema de las malas prestaciones, dice el director, y lo ponen de manifiesto situaciones como la que narra esta película. “Todas las historias humanas son políticas”, resumen los titulares, y aunque algunos culpan del problema a la inmigración, el paro, la demografía o la crisis, la verdad es mucho más compleja, complejidad que él nos desvela culpando al malvado neoliberalismo. Ese que, extrañamente, convive bien con gastos públicos crecientes.

La película ha dado nuevos motivos a la prensa simpatizante para rescatar las críticas que recibe el sistema de coberturas sociales en Reino Unido, destacando por su gravedad esos casos reales de trabajadores que han sido dados de alta aun no estando en perfectas condiciones, arriesgando su propia vida por un error médico o burocrático.

No sé cuál es la probabilidad de morirse tras ser de dado de alta por una comisión médica o tras una operación, pero sí sé que cuando eso ocurre no siempre hay dejadez institucional o una historia política detrás, contrariamente a lo que piensa el director. A veces es el azar o incluso el simple egoísmo del núcleo familiar, como el que deja al abuelo pasar el postoperatorio en su propia casa para no comprimir las cómodas habitaciones de los nietos. Hijos y nietos que luego votan contentos a quienes prometen un mayor Estado benefactor, esperando acaso pasar “el problema del abuelo” a los vecinos. Humanidad y socialismo vendo que para mí no tengo. Por no mencionar el fraude de la parte humana frente a la burocrática que suponen algunas bajas médicas, tras las que se han descubierto en más de una ocasión redes muy humanas y muy bien organizadas.

Pero se ve que el cineasta, ya octogenario, quiere unirse con una aportación más a esa lista de viejas glorias de la izquierda cultural que no se resisten a irse de este mundo sin apuntarse antes al moderno resurgir de sus desfasadas ideas, por más equivocadas e inútiles que hayan probado ser las recetas. No en vano, se reconoce admirador de Jeremy Corbyn, Podemos y Syriza.

Libertad y riqueza son para este selecto club conceptos ajenos y hasta aborrecibles. Enriquecer al pobre a costa del vecino puede parecer sospechoso al que cree que los impuestos están ahí para compensar algo y que los bueyes (riqueza) históricamente han precedido al carro (Estado de bienestar); no así a ellos, seguros como están de que se puede ampliar y universalizar la carta de servicios sin limitación alguna y sin que ambos asuntos tengan la menor repercusión en la salud económica del conjunto social.

El Estado, según su visión, no está ahí para garantizar el imperio de la ley y el libre discurrir de voluntades; ha de ser aún más un dispensador de bienes al servicio de la causa redistributiva, una especie de tío rico al que podamos acudir para que nos dé vivienda, agua, luz, wifi y hasta acompañantes, si lo precisamos. Ya hace algún tiempo supimos que en algunos centros hay servicios de compañía para satisfacer las necesidades íntimas de personas con discapacidad, servicios que realizan entidades sin ánimo de lucro, aunque mañana quizá lo preste la Seguridad Social. Y quién sabe si en el futuro no se pedirá también extenderlo a discapacitados menos visibles o aún no tipificados, mientras labramos el terreno hacia ese totalitarismo de cara amable en el que sólo los que presuman ser desfavorecidos puedan sentirse cómodos.

De momento, bueno es saber lo que se está tratando de conseguir cuando hablan de pobres energéticos, hídricos, tecnológicos o emocionales. Necesario diagnóstico de alguna tara en el bienestar para poder optar después al correspondiente tratamiento. Lo malo es ver que en el mismo bloque de gasto social fruto de la generosidad estatal los hay que sitúan las pensiones de quienes han sido cotizantes durante 30 ó 40 años de un seguro monopolizado por la Administración, activos del trabajador y, por tanto, pasivos, o sea, deuda de quien lo posee, y no dádivas como las que hoy se otorgan tan alegremente al último en llegar.

Mas, por otra parte, si las instituciones tienen serios problemas para combatir el despilfarro, cada una a su nivel, desde la Justicia y el Parlamento hasta los ayuntamientos, ¿cómo se le va a negar a nadie su correspondiente dosis de bienestarismo?… El tío rico, después de todo, tiene formas muy diversas de cobrarse la generosidad, vía impuestos, precios o paro, sin que apenas lo notemos. O quizá sí, pero, entonces, ya se encargarán los de la falsa complejidad de agitar el fantasma del malvado neoliberalismo para explicarnos adecuadamente las cosas, no vaya a ser que por un despiste no lo entendamos bien.

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