El sesgo del igualitarismo

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Hay un famoso problema de puntos y líneas en el que la solución pasa por mirar fuera del marco. Se supone que identifica el pensamiento creativo, la capacidad que todos tenemos en mayor o menor medida para descubrir soluciones imaginativas. El avance del conocimiento no existiría sin esa cualidad.

Quienes observan diferencias significativas en el mercado laboral, educación, delincuencia y otros ámbitos entre grupos de personas clasificadas por sexo, nacionalidad, grupo étnico o alguna de esas variables que tan sensibles son desde el punto de vista político, suelen encontrar cómodas las explicaciones de las diferencias basadas en la historia, la desigualdad de oportunidades y la discriminación. Todo lo que remita a la peculiaridad o naturaleza de los propios grupos está fuera del marco.

Si la igualdad aún no se ha alcanzado, ello se debe a la inercia que ofrecen las preferencias de los grupos a la presión del entorno (el sesgo). E incluso, si no fuera así, dicen, en nada nos ayudaría el hecho de dar cabida a ese tipo de hipótesis. La etiqueta de sesgados no sería la peor, después de todo, aunque el etiquetador igualitarista peca de inmodestia al suponer que su marco habitual está libre de sesgos. Puede verse un ejemplo de lo dicho en esta conferencia sobre desigualdad salarial entre hombres y mujeres.

Entre la población reclusa de cualquier país que miremos los hombres son una abrumadora mayoría respecto a las mujeres (nueve de cada diez), pero a nadie se le ocurre pensar que la explicación de la disparidad se debe a un sesgo social que presiona a las mujeres para que no delincan más, o que jueces y policías se hallan implicados en una conspiración que las discrimina y por eso las detienen menos. Parece que cuando las diferencias son de nuestro agrado, salirnos del marco de “lo social” no sólo estará permitido sino que será de obligado cumplimiento.

El caso de las TIC

Concedamos que la historia explica bien parte de las diferencias. De lo contrario no observaríamos variaciones en algunas proporciones a medida que se introducen cambios dirigidos a reducir el efecto que el entorno, la ley o la costumbre ejerce sobre nosotros. La tasa de mujeres universitarias, por ejemplo, ha pasado de ser residual a superar a la de los hombres. Sin embargo, una mayor formación no siempre implica una mayor convergencia en todos los indicadores.

En el ámbito de las Tecnologías de la Información y la Comunicación (TIC) los puestos especializados son ocupados mayoritariamente por hombres. El reparto es hoy aproximadamente 84:16 a su favor en los países de la Eurozona. Piensen que entre ellos están algunos de los más igualitarios del mundo.

El indicador que sigue refleja diferencias consistentes en todos los países en lo que afecta a habilidades formativas que son básicas dentro del sector.

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Fuente: Eurostat (% entre 16 y 74 años)

En los países europeos donde el porcentaje de mujeres que programan es más alto (países nórdicos) la cifra se ha incrementado en años recientes, lo que sin duda muestra el importante efecto de la educación, pero el gap entre hombres y mujeres se mantiene alto, incluso más que hace diez años. La mejor o mayor formación no garantiza la convergencia sino a veces lo contrario, como muestran los datos de Finlandia, país cuyo modelo educativo suele ponerse como ejemplo por sus buenos resultados.

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Fuente: Eurostat (% entre 16 y 74 años; 2008 y 2013 sin datos)

Según un estudio reciente de Gallup las mujeres sienten poco interés por los estudios informáticos y confían menos que los chicos en sus habilidades con los ordenadores, pese a que los adultos (tanto profesores como padres) creen que ambos (chicos y chicas) son igualmente capaces.

Seguro que es así (ambos son capaces) pero esa capacidad o preferencia puede presentarse de forma distinta en cada grupo, como funciones de probabilidad diferentes. Y siendo así, reconocer lo que los datos muestran no es incurrir en sesgo; más bien lo que reflejaría un sesgo y un tremendo error sería no hacerlo. Algo que conviene no olvidar ahora que se dan cursillos a los niños para que “elijan género” y se les anima a usar servicios unisex mientras tienen sus dudas.

Brecha salarial

El mundo laboral también se resiste a la deseada foto del igualitarismo, como lo demuestra la persistente brecha salarial.

A menudo se da a entender que la discriminación está detrás del dato, pero el dato sólo responde a una distribución diferente de hombres y mujeres en los empleos.

Las mujeres no sólo son minoría entre los especialistas de las TIC, también como profesionales están infrarrepresentadas en algunas ramas de la industria y la construcción que destacan precisamente por tener salarios altos (ingeniería, suministro de energía); mientras son mayoría en actividades relacionadas con la salud, lo social y la educación, así como en Administraciones Públicas. En algunos países altamente desarrollados son una significativa mayoría cuando se observan jornadas parciales y también en puestos intermedios, donde la retribución puede ser más baja. Todo lo cual explica que la brecha persista, se mida por hora trabajada o por ganancia salarial media.

Es posible que la discriminación a su vez esté detrás de esa diferente distribución, alegan los igualitaristas. Cierto. Pero también es posible que sean las preferencias formativas de cada uno o, incluso, que la retribución misma no sea el único factor que determina la elección en el empleo, pudiendo entrar en juego otras variables con diferente peso para cada uno. En realidad, lo único que sabemos es que hay profesiones donde es muy raro encontrar mujeres (ingeniería automotriz) y otras donde lo raro sería no encontrarlas (enfermería), diferencias que se dan incluso en los países más igualitarios que pueda haber hoy.

Igualdad no es igualitarismo

La igualdad a la que se refieren las leyes (ante la ley o de oportunidades) ha derivado últimamente en un deseo de igualación de los gestores públicos que va mucho más allá de la intención original del legislador, y que convierte la igualdad en todo y de todos en una meta material per se, como si se tratara de un objetivo con algún tipo de valor ético que se nos escapa.

El enfoque igualitarista no se contenta con explicar los datos, también intenta que se muevan en la dirección interesada, lo que no tiene que coincidir con el interés de los afectados.

La diferencia del patrón igualitario suele penalizarse y su aproximación incentivarse, de ahí las bonificaciones a empresas para contratar en sectores donde la presencia de mujeres es escasa. Se trata así de compensar el sesgo discriminatorio, dando por sentado que esa es la única explicación. Pero si el supuesto fuera equivocado, la igualdad ante la ley habrá sido quebrantada para reproducir justo aquello de lo que quería prevenirnos.

Curiosamente, cuando se trata de culturas lejanas, los igualitaristas dentro de los países (por lo general, occidentales y de democracias bien asentadas) suelen ser los mismos que ven con buenos ojos las proclamas de respeto a esas diferencias culturales, aunque la discriminación hacia las mujeres en algunas de ellas sea pública y evidente, algo que no deja de sorprender.

La libertad de elección, como la de pensamiento, son un regalo de la naturaleza. No permitan que nadie la secuestre, por bien que suenen o parezcan sus intenciones.

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