El experto en la caverna

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El término o expresión “intelectual pero idiota”, conocido por su acrónimo IYI (Intellectual Yet Idiot), fue acuñado por Nassim Nicholas Taleb para aludir a ese tipo de académico o analista que pierde contacto con la realidad sobre la cual nos habla. Es el que es capaz de decir y escribir que el terrorismo yihadista no tiene nada que ver con el islam o la inmigración, aunque sean islamistas recién llegados los que matan cientos de personas en un solo atentado, asaltan mujeres en fiestas de Fin de Año y dejan su mensaje en forma de grito Al·lahu-àkbar, por si alguien tuviera alguna duda.

El IYI se considera a sí mismo un científico riguroso y pontifica sobre resultados de ciencias sociales como si se tratara de Química. Es por eso que en apoyo de sus tesis no pueden faltar profundos estudios científicos que aparentemente le dan la razón. Por su falta de humildad los conoceréis.

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Así, la reciente investigación de un grupo de criminólogos según la cual la inmigración no aumenta la criminalidad, sino que la disminuye, permite cuestionar a algunos la utilidad de las deportaciones y el control de fronteras, que son, como se sabe, prioridades del nuevo presidente de Estados Unidos.

Las deportaciones son algo habitual en las administraciones norteamericanas de todo signo político, así como en las de otros países. En la muy socialdemócrata Suecia, sin ir más lejos, se habló el año pasado de deportar entre 60 y 80.000 inmigrantes y durante toda la administración Obama se deportaron casi tres millones.

Suecia, por cierto, es uno de los países que ha recibido más inmigrantes en los últimos años, con relación a la población residente, y algunos datos de criminalidad sitúan al país a la cabeza de nuestro entorno en violaciones y asaltos sexuales. Se ha sugerido este hecho como prueba de que el choque cultural no está produciendo el efecto deseado.

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Fuente: Eurostat

El propio gobierno sueco ha emitido un informe  la pasada semana en relación con los datos de criminalidad en el que reconoce el incremento en violaciones, aunque lo justifica como una anomalía debida a diferentes normas que afectan al cómputo de los delitos en cada país.

Ciertamente, las estadísticas europeas de criminalidad no están armonizadas (cada país tiene sus propios criterios), pero ello no es óbice para que podamos observar las tendencias dentro de los países. Sexual assault, por otra parte, es un apartado diferente de rape al que resulta más difícil aplicar ese argumento del cómputo inflado por ocurrir en el ámbito familiar, que dice el gobierno sueco. En cualquier caso, como se puede observar en el siguiente gráfico, la tendencia ha sido creciente en varios países y regiones que año a año están en los primeros puestos del ranking en tasas por ese tipo de delitos.

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Fuente: Eurostat

Las estadísticas de criminalidad recogidas por Eurostat llegan de momento hasta el año 2014. No incluyen todavía los sucesos de Colonia a finales de 2015 y posteriores, en Alemania y otros países europeos, pero parece que algunas ya permiten visualizar ese incremento, uno de los que más preocupa hoy.

A menudo se dice que Estados Unidos tiene una gran parte de sus ciudadanos en prisiones, lo cual es verdad si comparamos, por ejemplo, con las proporciones relativas en países europeos. Lo que no se dice tanto es que los extranjeros suelen estar sobrerrepresentados en la población reclusa de muchos países, incluido el nuestro, donde suponen el 29%, veinte puntos más que en la población total. Otro ejemplo es la llamada violencia de género. Entre las mujeres víctimas de ella en España, la tasa es cuatro veces mayor para las nacidas en África que para las españolas y tres veces más en el caso de las nacidas en algún país de América. Que la cultura influye en las cifras de criminalidad es algo que no se puede negar, aunque sean grupos minoritarios los que utilizan la acogida por razones humanitarias o las migraciones por motivos económicos como medio para expandirse.

En América Latina y el Caribe se encuentran algunas de las ciudades con más violencia del planeta y con las prisiones más abarrotadas. El coste en relación con el PIB de esos países está entre los más altos y son un lastre para sus economías, muchas de las cuales reúnen las características propias de países con instituciones y regímenes inestables o poco respetuosos con la propiedad, principal obstáculo para que la prosperidad pueda darse entre ellos. No olvidemos que estos son los vecinos al sur de la frontera de Estados Unidos.

El mito del ciudadano global, sin embargo, no impide a sus creyentes practicar y propugnar un respeto reverencial hacia esas mismas costumbres que dificultan la integración de los inmigrantes. El experto, aquejado entonces de fuerte “tolerantitis”, suele decir que el uso de velos y burkinis es algo cultural, como los pañuelos que llevaban nuestras abuelas, y el respeto a la cultura debe primar a las prohibiciones y regulaciones. Prueba de ello -dice- es que, si se les pregunta, afirman que lo llevan porque quieren. Pero, si es porque quieren, ¿cómo es que tiene graves consecuencias no llevarlo en las culturas de origen, tales como ser atacada, excluida de una competición o no ser bien recibida en el país, ni aun siendo la máxima autoridad de otro país? ¿Cómo es que las madres y abuelas de las mujeres islámicas jóvenes de ahora no lo llevaban en los años sesenta y setenta, e incluso se manifestaban contra la imposición del hijab en aquellos años?…

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Miembros del gobierno sueco en su reciente visita oficial a Irán.

La inmigración italiana que llegó a Nueva York a primeros del siglo XX con la idea de prosperar también llevó consigo a los que querían perpetuar el modus vivendi de la mafia siciliana y la camorra napolitana, extorsionando a sus propios compatriotas y aprovechándose del sistema judicial más garante que allí encontraban. Si en tiempos del Chicago años veinte la sociedad receptora hubiese mirado para otro lado en nombre del multiculturalismo (como se sugiere hacer hoy ante casos de mujeres veladas, poligamia, matrimonio con menores, sharia gobernando en los barrios…), ningún ciudadano de origen italiano habría podido prosperar sin tener alguna mano detrás vaciándole los bolsillos. Sin límites claros frente al abuso, la minoría más intolerante es la que gana y el que tolera todo es el primero que pierde sus preferencias, a favor del que sólo tolera las suyas.

La inmigración es un fenómeno variado (legal e ilegal, que se integra o que no) y, a la vez, cambiante en el tiempo. Nada que ver el emigrante que busca mejores oportunidades para ganarse la vida con el delincuente que trafica y explota personas. Ni la Suiza a la que iban nuestros abuelos con la España que da 900 euros al mes al recién llegado para que no moleste, y él lo emplee para tener más tiempo libre con el que poder radicalizarse a gusto, problema que afecta ya a toda Europa.

Dicen que la confianza en los expertos está hoy en sus horas más bajas, pero el descrédito es lo menos que puede pasar cuando se ignora la realidad y se rechaza lo que no encaja en esas bonitas narrativas inventadas al calor del fuego de la caverna.

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