Verdad y propaganda

La ley del péndulo en ciencias sociales nos ha traído en esta época a los partidarios de una Sociología para la justicia social. Lo refleja ese etiquetado de fóbico sobre lo que cualquier colectivo interesado determina que lo es: islamofobia, homofobia, transfobia, xenofobia, LGTBfobia… A la vez, estos colectivos se sirven de su propia victimización para atraer la atención y conseguir el apoyo político o público que sin esas llamadas de atención seguramente no tendrían.

Según datos del Observatorio contra la Homofobia, Transfobia y Bifobia de la Asociación Arcópoli, en 2016 hubo 240 incidentes homófobos, pero sólo se denunció el 25% (59). A la espera de lo que diga el informe del Ministerio del Interior sobre delitos de odio en España ese año, resulta curioso que haya muchas más víctimas que prefieren denunciar ante un observatorio autoimpulsado en lugar de hacerlo por la vía legalmente dispuesta para ello y que sepamos es la única efectiva.

Ya hemos visto antes la prisa que se dan los afines políticos a determinados profesionales a la hora de convertir actividades privadas en servicios públicos imprescindibles para nosotros (una radio, un periódico, un club de consumidores, un gabinete psicosociológico…), pero seguro que no va a ser este el caso. Entre otras cosas porque ahora ya tenemos leyes que permiten otorgar interesantes subvenciones a estos grupos sin necesidad de incrementar ese empleo público tan oneroso para las arcas públicas.

Lo que sí es cierto es que las nuevas inquisiciones, como las viejas, empiezan primero con el etiquetado del que no comparte sus postulados y si no cambia la tendencia, con tanta fobia como aparece estos días, lo que más vamos a necesitar en el futuro no son observatorios sino psiquiatras.

El anterior asunto aquí tratado ejemplifica bien este problema.

El ideal del lobby LGTB es que las personas que representan no sean discriminadas, pero no hablamos aquí sólo de guardar respeto personal, a lo que tiene derecho todo hijo de vecino sin necesidad de que venga un lobby a decirlo. Hablan de que incluso en las relaciones afectivas sería tránsfobo rechazar a una persona “por lo que tiene entre las piernas”. Para la ideología de género que alimenta estas ideas, la identificación con lo masculino o femenino no tiene nada que ver con el sexo de cada uno, sino con la cultura y, desde este punto de vista, es la cultura heteropatriarcal la que nos educa para que lo hagamos en la forma que conviene a sus intereses.

Mi opinión será tránsfoba o no, pero esta ideología me parece a mí mucho más prejuiciosa y pseudocientífica que la contraria, incluso en su forma menos extrema o absurda. Dice Jonathan Haidt que las ciencias sociales deben aclarar todavía a qué telos quieren seguir (verdad o justicia social) y mientras lo hacen, lo único que están añadiendo a los problemas es confusión.

Según diversos estudios clínicos, la disforia de género, cuando se presenta en la infancia, desaparece en la mayor parte de los casos después de la pubertad, debido a la fuerte exposición hormonal en ese periodo, de ahí la crítica que se puede hacer a determinadas políticas intervencionistas en estos asuntos y la lógica preocupación que pueden tener los progenitores.

Independientemente de eso, otro asunto que contradice a la ideología que atribuye todo el poder al ambiente y ninguno a la naturaleza, me temo, es la estadística.

La mayor parte de los humanos vienen al mundo naturalmente, de un hombre y una mujer, y la mayor parte prefieren emparejarse con personas del sexo opuesto, con independencia de que tengan libertad para hacer lo contrario y buscar formas alternativas de tener a sus hijos.

En los países donde es legal el matrimonio homosexual, la tendencia mayoritaria no es muy diferente de aquellos donde no lo es. Por supuesto, todas las personas que deciden emparejarse no se casan, pero entre las que sí lo hacen, sea cual fuere su orientación, observamos una proporción aplastante de matrimonios heterosexuales sobre los homosexuales.

Fuente: Movimiento Natural de la Población, INE

Es verdad que el número de matrimonios ha seguido una trayectoria descendente en los últimos años, pero eso no implica que el tipo básico de convivencia y crianza de los hijos esté desapareciendo. Lo que está ocurriendo es que gran parte de las parejas heterosexuales deciden no casarse, y por eso la proporción de hijos de madre no casada crece en la misma medida que se reduce la tendencia al matrimonio.

Fuente: Movimiento Natural de la Población, Indicadores Demográficos, INE

Desde 2005, las personas homosexuales pueden contraer matrimonio legal en España, pero una década después la cifra sigue siendo residual. Además, si se tiene en cuenta la proporción de casados en los que al menos uno es de nacionalidad extranjera, observamos que es mucho mayor entre las parejas del mismo sexo que en las demás: 15,3% entre los matrimonios de distinto sexo frente a 28,1% en los del mismo sexo, que sube al 37,8% cuando ambos son hombres.

La imposibilidad de casarse en otros países aumenta las cifras en aquellos países donde sí es legal. Sin ese atractivo que viene del exterior la proporción sería incluso menor, siendo como es testimonial.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s