Desigualdad de género en tiempos de censura

Hasta hace poco tiempo era habitual leer en los medios alguna referencia a los informes de la ONU sobre desigualdad de género dentro de los países. Sin embargo, con motivo de los recientes atentados en Europa y otras partes del mundo, lo que ahora tenemos es más bien una autocensura mediática de toda noticia que perjudique la imagen de los musulmanes, bajo la excusa de no alimentar la llamada islamofobia.

Pero si un terrorista musulmán es el que cometió un atentado o un asalto sexual, los lectores de medios deberían saberlo y obligación de otros debería ser contarlo; no disfrazar la noticia para contentar a censores bienintencionados diciendo que fue un perturbado o alguien que sufrió acoso escolar en la infancia. La libertad de expresión está en peligro cuando la realidad de los hechos no puede ser contada tal cual es por razones que tienen que ver con la política o la consideración del ciudadano como un ser menor de edad que necesita ser tutelado.

El 8 de marzo, antes día de la mujer trabajadora y que hoy no se sabe exactamente de quién es (de la mujer a secas o contra el heteropatriarcado) hemos observado un silencio absoluto para recordar la situación de las mujeres en el imperio de la sharia, con la única excepción de las redes sociales, donde la polarización izquierda-derecha es habitual, aunque sólo sea para sacarse sus respectivos trapos sucios. Ello es debido a que gran parte del movimiento feminista de hoy, de origen occidental y cercano en sus propuestas a la izquierda, está empeñado en confundirse con quienes exhiben orgullosas sus hiyab, felicitan el Ramadán y promueven la integración desde el relativismo cultural intelectualmente más insultante.

No sobra, pues, recordar cómo están las cosas en lo que se refiere a ese Índice de Desigualdad de Género, que se compone a su vez de diversos indicadores estadísticos para clasificar a los países: mortalidad maternal, embarazos adolescentes, presencia de mujeres en educación secundaria, fuerza laboral o parlamentos.

Existe una cierta tendencia a pensar que la pobreza explica por sí sola este tipo de desigualdad, pero es difícil negar el papel de las religiones y su mayor o menor intromisión en la libertad de las personas y la organización de la vida civil. Qatar, que no sólo es un país musulmán muy rico sino que está entre los de mayor PIB per cápita del mundo, ocupa todavía el puesto 116 de un total de 155 que han podido ser clasificados (muchos otros, ni eso).

Con la excepción de Costa de Marfil, República Democrática de Congo, Tonga, República Centroafricana y Liberia, donde conviven diversos credos y etnias, los diez peor clasificados en el ranking siguen siendo países donde el islam tiene un peso considerable.

Estos indicadores no son una fotografía completa de la realidad de las mujeres dentro de los países, pero permiten al menos una buena aproximación a esa realidad y, lo que es más importante, nos permiten conocer su evolución (o no) en el tiempo, aunque para ello debamos empezar mostrando algún interés.

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