¿La desigualdad mata?

Los países ricos son más felices y su población disfruta de mejor salud. Las diferencias se observan también dentro de cada país según nivel de renta, aunque no aumentan conforme a los ingresos más allá de cierto punto, ni con cualquier tipo de enriquecimiento.

Los indicadores de felicidad y las comparaciones entre países atraen hoy el interés de los economistas y, entre los críticos del viejo PIB, no faltan quienes piden desterrarlo del todo para que las decisiones de política económica se olviden del crecimiento y se centren más en las “ganancias en felicidad”.

Algunos creen que el remedio pasa por atajar la desigualdad. Pero si somos infelices o nuestra salud se resiente, la desigualdad en sí (diferencia con otros) difícilmente explicará las cosas. En encuestas de respuesta múltiple la población no señala la desigualdad como uno de sus problemas, sólo lo hace cuando se recortan las opciones de respuesta y la desigualdad aparece entre ellas. A la confusión contribuyen quienes, arrastrados por la ideología, empiezan hablando de pobreza y terminan hablando de desigualdad.

Para saber lo que nos hace desiguales en felicidad o salud (países o personas), lo primero es analizar y reconocer todo aquello que nos lleva a unos y otros a disponer de más o menos recursos y mejor o peor salud. No hay una única causa ni sólo lo son aquellas que pueden cambiarse fácilmente o dependen siempre de los demás y nunca de uno mismo.

La difusión reciente de un estudio donde se informaba de la pérdida de años de vida asociados a bajos ingresos fue aprovechada por numerosos medios para agitar el tema de la desigualdad. “La desigualdad mata”, decían.

En el estudio analizaron la mortalidad vinculada a los factores de riesgo ya conocidos (alcoholismo, diabetes, hipertensión, obesidad, sedentarismo, tabaquismo) e incluyeron, como novedad, las diferencias según el estatus socioeconómico (SES), basado en la última ocupación conocida. Recogieron datos de 1,7 millones de personas de diferentes edades y países desarrollados, a lo largo de una media de trece años. La mitad, aproximadamente, mujeres.

Entre los 40 y 85 años, el bajo estatus socioeconómico se asociaba a una pérdida potencial de uno a dos años de vida. Del sedentarismo se habló menos en los medios pero, según este estudio, conlleva una pérdida potencial de dos a cuatro años, y el tabaquismo, principal factor de riesgo, entre cuatro y ocho años.

SES: Estatus Socioeconómico BMI: Índice de Masa Corporal

Las conclusiones del estudio tienen sus limitaciones, que algunos comentaristas prefirieron omitir.

Entre las consideraciones finales, dicen los autores: “el bajo estatus socioeconómico puede inducir cambios en uno o más factores de riesgo, y factores de riesgo vinculados a enfermedades crónicas pueden también implicar menor actividad laboral e ingresos, y de esa manera, un estatus socioeconómico más bajo. Además, puede haber otros factores no considerados en el vínculo entre SES y mortalidad”. Y más adelante: “la causación unidireccional debería interpretarse con precaución.”

La interacción de los factores por múltiples caminos no es una hipótesis malvada; la conocemos ya por las encuestas. Cuando el mismo asunto (diferentes esperanzas de vida) se pretendía relacionar con el mayor o menor gasto sanitario en el momento, ya vimos que la menor cualificación profesional iba asociada a peores resultados en los principales factores de riesgo. Este estudio dice que el SES importa por sí sólo, pero no descarta que otros factores puedan intervenir sobre los considerados a lo largo de la vida de las personas, incluso como determinantes del propio SES.

En esta misma línea, otro informe de OCDE ha encontrado relación entre nivel de formación y mortalidad. Las diferencias en longevidad según formación son consistentes en todos los países, aunque no en todos igual de pronunciadas. Son más bajas en Italia, donde la desigualdad de ingresos es relativamente alta, y más altas en muchos países del Este, donde la desigualdad de ingresos es relativamente baja. Ocurre que, incluso en el logro académico, las particularidades de cada persona cuentan. La tendencia a explicar las desigualdades por motivos ajenos al individuo y siempre fácilmente moldeables por el ambiente actual se compadece poco con lo que los datos muestran, objetivamente considerados.

El informe OCDE menciona un estudio que encontró que sólo el tabaquismo podría reducir esas diferencias en longevidad a la mitad. Dudo que haya todavía algún fumador, con o sin estudios, que no sepa hoy que fumar mata, y aún así miles de personas siguen fumando, consumiendo alcohol, moviéndose poco e ingiriendo más calorías de las necesarias. No es, por tanto, desinformación involuntaria ni falta de recursos económicos, porque fumar y consumir en exceso, alimentos o alcohol, también tiene un coste económico.

Al margen de los factores de riesgo y las capacidades formativas de cada cual, la longevidad tiene un fuerte componente genético. La brecha de género en esperanza de vida es un buen ejemplo de ello, cinco años y medio a favor de las mujeres en el caso de España, y a nadie se le ocurre decir que ser hombre mata. Sabemos que no siempre las personas que más años viven han tenido una vida fácil, llena de hábitos saludables. Los factores de riesgo hablan de probabilidades, pero la genética, el azar y la libertad personal es lo que en mayor medida determina el resultado final.

En la obsesión por reducir la desigualdad, podemos llegar a un mundo donde las máquinas se encarguen de igualarnos, incluso antes de nacer. Las habrá para suministrarnos alimento o para multarnos, si no hacemos al menos una hora de ejercicio al día. Puede que, entonces, el igualitarista obsesionado con nuestra salud duerma ya tranquilo, aunque en ese Mundo Feliz de cero libertades y diferencias, nadie más que él lo haga.

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