¿Sociedades igualitarias? No, gracias

Se habla en exceso de la desigualdad, por lo general, para culparla sin muchos miramientos de viejos males, como la pobreza y la criminalidad. A ello ha contribuido el trío Piketty, Stiglitz, Oxfam, economistas y organización caritativa que acumulan serias críticas en relación a sus alarmistas declaraciones. Pese a ellos y ellas, es un hecho cierto que la pobreza en el mundo ha disminuido, con la desigualdad como acompañante en el crecimiento de la riqueza. Tanto es así que medir la pobreza en términos relativos ya es un buen indicador de que nos encontramos en un entorno más rico que en el pasado, con todos igualmente pobres.

Establecer una relación sencilla entre desigualdad y nivel de criminalidad es, si cabe, más arriesgado. Un gobierno autoritario puede alcanzar elevadas cotas de igualdad de rentas entre sus ciudadanos mediante coacción, pero la sociedad igualitaria así conseguida sólo será más pacífica si no se incluye la criminalidad del propio gobierno en la medición. Otras veces es el mismo poder quien acentúa una injusta desigualdad con regulaciones clientelares y gasto público mal dirigido. Países que se ponen como ejemplo de asociación entre desigualdad y criminalidad (México o Brasil) se ajustan bien a este tipo de desigualdad. La moral, como vemos, no es algo ajeno al problema.

Pocas veces se habla de lo que hay detrás de la pobreza (o la desigualdad) y la criminalidad en términos puramente científicos, fuera del habitual recurso al egoísmo y la inocencia grupales. Pero, por suerte, desde hace unos años estos vacíos se empiezan a llenar con datos algo más interesantes.

Justicia y desigualdad

Estudiar la desigualdad en el laboratorio ha permitido identificar hace tiempo un sesgo igualitarista y las bases neurológicas de estos mecanismos han sido ya exploradas. Pero más recientes estudios en psicología experimental y evolutiva en el mundo real lo que han identificado también es un sesgo opuesto o preferencia por sociedades no del todo igualitarias.

Según los autores de un reciente trabajo, Why people prefer unequal societies, no hay evidencia empírica de que exista aversión a la desigualdad económica per se, más bien lo que hay es una confusión entre apreciaciones de desigualdad y de justicia. Cuando se analizan por separado ambos factores, se observa que predomina el criterio de justicia y la motivación para obtener ventajas relativas, lo que lleva a preferir una cierta desigualdad.

El sentido de justicia aparece como modulador de la preferencia hacia sociedades no igualitarias

El sentido de justicia puede venir de adaptaciones para equilibrar el sesgo igualitarista de partida, permitiendo responder de forma más adecuada en función del merecimiento observado. Las respuestas diferenciadoras se han encontrado incluso en la infancia, por lo que es posible que esas intuiciones de justicia aparezcan durante el desarrollo, como parte de los fundamentos de la moral.

Según indican los autores del estudio, la investigación en este campo deja abiertas nuevas incognitas, como qué factores son más relevantes para la valoración de lo justo (esfuerzo, destrezas, necesidades, moralidad…) y cómo surgen y se determinan, o cuáles no lo hacen (por ejemplo, la altura).

Los resultados pueden explicar el rechazo que provocan determinadas políticas públicas, incluso sin estar a favor de una extrema desigualdad. Una forzosa pero injusta igualación (o una desigualdad injusta patrocinada desde el poder) puede causar mayor aversión que una justa desigualdad. Como señalan los autores: “es perfectamente coherente estar a favor de reducir la desigualdad y seguir estando en contra de ciertos planes de redistribucionismo”.

Más allá de esta genérica conclusión, el valor para los planificadores económicos es escaso. Las investigaciones dicen que valoramos el reparto influidos por la noción de justicia, no la igualdad de resultados, pero no dicen cuál es la desigualdad más justa o preferida, acaso porque no exista.

Diferentes desigualdades

Otra aportación interesante que invita a matizar la crítica política a la desigualdad la encontramos en un adelanto de lo que veremos en el próximo libro de Nassim Nicholas Taleb.

Según este autor, la desigualdad por arriba tiene diferente consideración, dependiendo de la forma de llegar a ella. Quien sobresale por tener un talento especial, descubre nuevas tecnologías o emprende y arriesga con éxito, asumiendo a la vez el fracaso, no despierta recelos entre sus semejantes. Sí lo hacen quienes buscan la cercanía al poder para mejorar sus ingresos mediante regulaciones, o los mismos poderosos que se sirven de esos intereses ajenos para aumentar los suyos propios.

La diferente valoración que señala este autor, según los mecanismos que llevan a ella (con o sin riesgo), es coherente con los resultados del anterior estudio, que subraya el sentido de justicia como modulador de la preferencia hacia sociedades no igualitarias.

Si el parámetro que influye es la justicia, sociedades igualitarias pero injustas pudieran ser entonces más conflictivas que sociedades menos igualitarias pero más justas. La crítica política en estos asuntos haría bien empezando por reconocer y diferenciar ambos tipos de desigualdad.

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