¿Nos empobrece el pobrismo?

Informa Pew Research Center en una de sus últimas publicaciones que la clase media ha sido menguante los últimos años en varios países occidentales, entre ellos, el nuestro.

Por lo general, países con ingresos medios más altos suelen tener una proporción mayor de clase media, aunque esto tiene importantes excepciones, como Estados Unidos, donde hay más posibilidades de tener ingresos más altos o más bajos que en otros 11 países europeos, debido a la menor proporción de población con ingresos medios que tiene aquel país.

Lógicamente, la mengua del nivel intermedio de ingresos se puede producir tanto por arriba como por abajo, dependiendo de si aumenta la población con nivel de ingresos más altos o más bajos, respectivamente.

La comparación en la que se basa el informe de Pew se realizó tomando los años 1991 y 2010 como referencia, lo que nos queda ya un poco lejos. Estos días, además, hemos conocido nuevos datos de la Encuesta de Condiciones de Vida, que recoge los ingresos de 2015, y nos permite adaptar el tema a la actualidad, centrándonos en lo ocurrido en España. Para ello, usamos los mismos criterios de corte que hacen en ese informe: dos tercios de la mediana y el doble de la mediana.

Fuente: Elaboración propia a partir de Encuesta de Condiciones de Vida, INE

Desde 2007, el tramo de ingresos altos subió aproximadamente un punto, pero el de ingresos bajos subió casi tres. Como resultado, la clase intermedia reduce su peso 3,7 puntos respecto a 2007 y lo hace más por empobrecimiento que por enriquecimiento.

Sabemos ya por diversos informes que el desempleo y sus motivos están en la explicación de la caída de ingresos de los tramos de renta más bajos y detrás de la subida de algunos indicadores de pobreza y desigualdad en años recientes.

La pobreza en los medios

Respecto al año anterior, los datos de la última Encuesta indican que ha subido dos décimas el porcentaje de población bajo umbral de riesgo de pobreza, mientras que la población en riesgo de pobreza y exclusión social, medida con criterios de la tasa Arope, cayó seis. También se ha reducido este año la proporción de población con carencia material severa, pasando de 6,4 a 5,8 (que estaba ya antes por debajo del valor medio en la Eurozona), así como la desigualdad, medida a través de IG y ratio s80/s20.

Por suerte, esta evolución ha ido también acompañada de una subida del ingreso medio (2,8% más) y del mediano (2,5%).

Alguien razonablemente podría preguntar cómo es posible que unos indicadores de pobreza suban y otros bajen.

Hay indicadores de pobreza que, en realidad, de lo que mejor informan es de cambios en la estructura poblacional. Es el caso de la proporción bajo umbral de riesgo de pobreza (tasa de riesgo de pobreza), que, no por casualidad, es el único que sube. De hecho, este indicador no es más que un criterio de corte similar al que utiliza Pew para calcular el porcentaje de población de rentas bajas, que utiliza el 60% de la mediana en lugar de los dos tercios.

Mucho mejor indicador de pobreza me parece a mí la carencia material severa, medida en términos de lo que el encuestado manifiesta no poder permitirse dentro de una serie de conceptos, algo en lo que se centraron algunos medios para hablar del tema estos días; o la tasa Arope, que recoge el efecto del empleo además de la carencia material, y que también comentaron otros.

El porcentaje de población bajo determinado umbral de ingresos funciona bien en sociedades desarrolladas, con niveles intermedios de desigualdad y con clase media, pero no es un buen indicador en general de desigualdad ni de pobreza, pese a lo que oigan o vean escrito por ahí.

Un caso hipotético

En una población donde el 90% tuvieran los mismos ingresos y sólo el 10% concentrara ingresos más altos, el valor del indicador de pobreza bajo umbral sería cero. Nadie tendría ingresos por debajo del 60% del valor mediano, porque el 90% tendría el mismo valor (sea por ingresos propios o redistribucionismo de algún planificador), que sería necesariamente igual al valor mediano (el que divide a la población en dos tramos del mismo tamaño, una vez ordenados por su valor).

Sin embargo, la desigualdad en esa hipotética sociedad también podría ser extrema, si todo el mundo tuviera los mismos ingresos salvo una pequeña élite. Quizá esa élite cuya misión fuera redistribuir la renta existente, suponiendo que en tal escenario aún quedase alguien con ganas de esforzarse, sabiendo que obtendrá el mismo beneficio aunque no haga nada. Casos reales parecidos a este supuesto hipotético se han dado más de una vez en la historia en forma de capitalismo de Estado y sabemos por qué fracasaron (misma razón que explica el porqué de los giros del gobierno chino*).

El papel de la élite para equilibrar y redistribuir puede convertir en menos pobres a los que son pobres en un determinado momento, pero también puede convertir en pobres a los que antes no lo eran, de acuerdo con el igualitarismo que le inspira. Esta élite por cierto, suele ser en la práctica la primera en excluirse de la igualación que piden para todos los demás. Así, las actuales alcaldesas de Madrid y Barcelona se encuentran en el 5% de la población con ingresos más altos, la hija de Chávez entre los venezolanos más ricos y de forma similar, los familiares de los Castro.

Es por eso que el pobrismo (demagogia política que utiliza a los pobres como excusa) contribuye más que ninguna otra cosa a empobrecer a la sociedad allí donde triunfa, porque ignora sistemáticamente el camino que lleva hacia más empleo y un enriquecimiento mayor del conjunto. De ahí que quien pide y predica mayor intervencionismo para reducir la desigualdad (editorial de La Vanguardia del pasado año) consiga a veces efectos indeseados, como, por ejemplo, incrementar más aún la población de rentas bajas.

(*)  “Cómo China se hizo rica”. El economista camuflado, Tim Harford (2006).

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