Robin Hood y los beneficios

Como en tiempos de la Guerra Fría, vuelve hoy el recelo contra los beneficios. Hay medios que hablan de ganancias empresariales como si fueran noticias de sucesos, mientras el “mundo de la cultura” y las ONGs opinan sobre cuánto es demasiado o ha de ser, según su criterio, lo más justo, debiendo corresponder el resto a repartir (entre ellos, se entiende).

Siguiendo esta inspiradora tendencia, se han desarrollado indicadores para calcular la cantidad que le tocaría a cada pobre del país, si la riqueza del más rico se distribuyera entre ellos a partes iguales, tal es el Índice Robin Hood de Bloomberg. Lamentablemente, en esa riqueza se incluyen aspectos que son necesarios para la buena marcha de las empresas y la misma existencia del empleo, por lo que cualquier reparto teórico, de llevarse a la práctica, no dejaría de ser pan para hoy y hambre para mañana, además de modelo nada ético aplicable por extensión al siguiente más rico, hasta que ya no quedara ninguno, ni rico ni menos pobre.

En la época en que surgieron las primeras leyendas del forajido Robin Hood, cualquiera que desobedeciera al que ostentara el poder podía convertirse en proscrito. Pero nuestro héroe, según cuenta la leyenda, se oponía a quien había usurpado ilegítimamente ese poder para imponer obligaciones a los campesinos y apropiarse de la riqueza de quienes no aceptaban su autoridad.

El anticapitalista asentado en las instituciones que se identifica hoy con él es un entusiasta del redistribucionismo y su entretenimiento favorito consiste en sermonear a la sociedad para que pague impuestos mientras, entre sermón y sermón, sube sus propios ingresos con cargo al contribuyente, para así notar en menor medida el obligatorio pago de los suyos.

Si Robin Hood tuviera que verse reflejado en la actualidad, ¿preferiría un modelo extractivo contra los beneficios o un liberalismo respetuoso con la propiedad?…

En la Edad Media, la riqueza estaba vinculada a la tierra y su explotación, a merced de las cosechas. Los nobles intercambiaban seguridad con los siervos por impuestos o trabajo y la tecnología se limitaba a satisfacer necesidades vitales para una existencia con muy pocas comodidades. Las manufacturas dependían de los encargos y las adquisiciones de los más pudientes; no pensaban en la gran masa de consumidores de los tiempos modernos para incrementar sus beneficios. Fue el posterior desarrollo lo que permitió salir de la miseria a los más pobres, mediante la acumulación de ahorro y capital, aceleró la inversión tecnológica y las mejoras en salud, las oportunidades de empleo, la productividad y los incrementos finales en el nivel de vida. Y ha sido el capitalismo y la tecnología nacida en Occidente lo que ha permitido a otras sociedades más atrasadas acelerar su cambio hacia una mayor prosperidad.

PIB per cápita en Inglaterra y Reino Unido desde 1270. Fuente: Our World in Data

Esperanza de vida al nacimiento en Occidente, en el Resto y en el Mundo. Fuente: Human Progress

La desconfianza hacia los beneficios suele venir de la mano de una fe inocente en el papel de los sindicatos en la subida de salarios y el bienestar de consumidores y trabajadores en tiempos recientes. Olvida esta interpretación de la historia que los salarios reales suben en relación con la productividad. Sólo en sectores intervenidos no expuestos a la competencia (empleo público o gremios sobreprotegidos, como los famosos estibadores) puede ocurrir otra cosa, con la consiguiente repercusión en el resto de la economía.

La elevación del nivel de vida en países emergentes no se debe a un mayor peso del sindicalismo en ellos ahora que hace décadas, se debe a un mayor peso de la tecnología en la producción, la formación del trabajador para utilizarla y una movilidad de personas y mercancías mucho mayor que en el pasado. Las mejoras que estos observadores atribuyen a la lucha obrera tienen más que ver con la iniciativa personal, el ahorro y los beneficios que con los sindicatos.

El otro aspecto de los beneficios

El desarrollo tecnológico y el incentivo de los beneficios contribuyeron a mejorar nuestras condiciones de vida, no porque alguien así lo pretendiera, pero es una consecuencia más de ellos. Al fin y al cabo, en una economía libre, es el consumidor el que determina con su elección quién obtiene mayores ganancias.

Ese otro aspecto de los beneficios fue llevado a la pantalla grande en la película Home Town Story (1951), que añade como aliciente poder ver a Marilyn Monroe en uno de sus primeros papeles, como la secretaria Iris Martin.

Con guión y dirección de Arthur Pierson, la película fue financiada por General Motors para transmitir el punto de vista de las grandes empresas, habitualmente omitido en los medios críticos. Es por ello considerada demasiado política, aunque, de serlo, se trataría de una categoría testimonial respecto a la cantidad de obras que bajo la etiqueta “cine comprometido” esconden otro tipo de propaganda. Si quieren saltarse toda la historia, vayan al minuto 38. Eso es exactamente lo que queda por decir en relación con el papel de los sospechosos beneficios en la economía y, para terminar, dicho queda.

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Un comentario en “Robin Hood y los beneficios

  1. Magnífico post, como siempre. Enhorabuena.

    Efectivamente, se extiende cada día más la falsa creencia de que el dinero de los demás nos pertenece, quizá porque Adán lo dejara escrito en su testamento :-).

    Como menciona, el problema no sólo es que no sea así, sino el desincentivo que sería para futuros creadores de riqueza y nuevos desarrollos de métodos y tecnologías. El mundo comunista, sin ir más lejos.

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