Vivir o no vivir de los impuestos

He ahí la cuestión que se plantea el joven al terminar su periodo formativo y otros, no tan jóvenes, que en algún momento de su vida pueden optar entre el sector público o el privado. Trabajar dentro de las instituciones o fuera de ellas, y de hacerlo fuera, trabajar para uno mismo o para los demás.

Hay una corriente en auge que nos anima a emprender y abrir un negocio propio. Proliferan servicios de consultoría, libros para tener éxito y el coaching, entrenamiento que dice ayudar a la gente a cumplir metas y desarrollar habilidades específicas. Pero el asunto levanta sospechas. Temen los críticos de estos negocios que se pueda estar hinchando la peligrosa burbuja del emprendimiento. Atisban en el horizonte una avalancha de personas que dejen atrás quiebras y que éstas las termine pagando, de alguna forma, el sufrido contribuyente. Ciertamente, si así fuera, para ese viaje no haría falta ningún coaching. La libertad, la innovación y  la satisfacción del consumidor están en la raíz de la creación de riqueza, y no es algo que se pueda separar de la responsabilidad.

Sucede, por otra parte, que quienes nos alertan de ese riesgo están a la vez encantados con la burbuja del Estado omnipresente. El médico especializado en algo novedoso confía que la sanidad pública convoque pronto plazas “de lo suyo”; el especialista en músicas exóticas reclama para él unos estudios superiores “donde las instituciones se impliquen”. El antiemprendedor promueve con esto que todos contribuyamos a su negocio, no sólo los que vayan a ser usuarios, y nada puede fastidiar tanto sus planes como que otros empiecen a notar, precisamente, su falta de emprendimiento.

Otra fórmula conocida para desalentar la autonomía es la creación artificiosa de puestos de trabajo en grandes organizaciones (featherbedding), lo que es especialmente fácil en el sector público, al controlar en exclusiva la aparición y desaparición de numerosos servicios e infraestructuras, que para eso está la máquina de la deuda y los impuestos. Sindicatos y gobiernos complacientes activan con gusto estas medidas, no sin coste final para el conjunto: baja productividad, presentismo y retribuciones mal asignadas acompañan inexorablemente este modelo.

El partidario de un Estado muy social, hasta el nivel del propio barrio, simpatiza mucho más con estas burbujas. Las coartadas habituales son los pobres, los dependientes, la sanidad y la educación, aunque ninguna de estas cosas justifica aquellas otras que crecen a su sombra, sin tener nada que ver con ellas, como un monitor de comba y canicas, una radio sin oyentes o una oficina en las antípodas para enseñar al mundo el folclore local.

Las cuentas del PIB miden el valor añadido de los servicios no de mercado (públicos) por su coste, como forma de esquivar el problema del cálculo económico ahí donde no hay mercado. Se desconoce, pues, cuál sería la valoración para el ciudadano de muchas de ellas, caso de haber competencia y ofrecerse como un bien o servicio por el que tuviera que pagar voluntariamente y no por obligación, mediante todos esos impuestos dispersos por doquier, regulaciones, etc., financiación de la que se sirve el antiemprendedor, aunque nunca lo recuerde ni mencione.

El que dice que la corrupción está detrás del desempleo y la baja productividad rara vez cuenta que esta última burbuja y su mastodóntica maquinaria están en la raíz de todo aquello que señala, sugiriendo, por lo general, la mitad del “modelo nórdico”  para arreglarlo (más gasto social y más impuestos), no vaya a ser que alguna reforma laboral de la mitad oculta se lo estropee.

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