De empatía y victimismos

 

Al último ganador del Festival de Eurovisión se le ha criticado estos días por haber exagerado problemas de salud con el fin de atraer las simpatías del público. Según parece, el cantante no estaba a punto de morir ni tan necesitado de un urgente transplante de corazón como se decía. Hay quien sostiene que la camiseta sobre los refugiados en las ruedas de prensa también contribuyó a la causa.

Desconozco la veracidad del asunto, pero es un ejemplo de cómo se puede explotar la empatía y la pena para obtener ciertas ventajas. El asunto tiene viejos antecedentes, como muestra la novela picaresca española, y todavía hoy, con ayuda de los medios (o a pesar de ellos), se dan casos en la vida real que terminan en gran indignación popular, más por la inmoralidad de los protagonistas que por la credulidad que revelan, como el enfermo de los dos mil tumores o los padres de la niña que pagaban investigaciones en lejanas cuevas de Afganistán.

El problema, sin embargo, no es la torcida moralidad de algunos sino la credulidad existente y, con ella, el error en el que incurren quienes alientan la idea de que los problemas del mundo se arreglarían con sólo poner todos un poco más de empatía. Piensan, y muchos seguro que honestamente, que la ética consiste en trasladar esta emoción básica a la vida pública, instalándola como guía moral y política en cualquier asunto. Así lo proclamó Obama en Estados Unidos, dando lugar a una polarización social de la que todavía no saben cómo salir. El estadista mundial de la empatía tuvo su réplica en España con nuestro candidato a presidir la Alianza de Civilizaciones, que, a falta de lograrlo, se dedicó a cuestionar la Alianza con la Historia, resucitando fantasmas de guerras pasadas, tan de actualidad hoy como hace ochenta años, gracias al empático presidente.

La empatía entendida no como compasión o bondad sino como herramienta para sentir el dolor ajeno y ponerse en el lugar del otro es una emoción altamente sesgada y por ello fácil de instrumentalizar. Es lo que dice Paul Bloom, psicólogo experto en el tema, que nos alerta sobre los riesgos en su último libro, Contra la empatía (2016), y otros antes que él, más propiamente, contra La ilusión de la empatía (2013).

Al actuar empáticamente la gente quiere sentirse bien, no actuar racionalmente. Una empatía desigual hacia las víctimas puede terminar avalando condenas diferentes ante un mismo delito, promover un extra de agresión u odio, o incentivar el victimismo, estimulando los rasgos precisos para generar esa empatía en los otros, ciertos o no.

El auge del victimismo y el discurso de las microagresiones que promueve los “espacios seguros” en las universidades se ha atribuido recientemente a una transición de valores en la sociedad: de una cultura basada en el honor a otra más basada en la ley, siendo esto lo que explica que hoy los universitarios estén más preocupados por censurar conferenciantes no alineados con el discurso de sobreprotección a determinados colectivos (mujeres, negros, gais, extranjeros…) que por aprender lo que la ciencia tiene que decir sobre algunos de esos temas. Pero el asunto también es una consecuencia de la ideología que promueve la empatía como guía moral en política, sacándola del ámbito privado, único en el que sus efectos pueden ser menos dañinos, principalmente por sesgados.

No por casualidad, de la mano de quienes sugieren ponerse en el lugar del otro como infalible fórmula de gobierno, se manifiestan hoy quienes recurren al poder en busca de algún tipo de regulación o auxilio, incluido el económico. Si tales ofensas no las vemos, dicen, es porque son demasiado pequeñas. Surgen así los micromachismos, microrracismos, microfascismos y demás microagresiones que los expertos en estudios de género vienen dispuestos a denunciar, ya sea en la obra de Newton o en la mera distinción hombre-mujer a efectos descriptivos.

Seguir esta corriente desde las instituciones, impulsando normas a medida de intereses particulares, quiebra la igualdad ante la ley, da más argumentos a la confrontación con discrepantes e incentiva la aparición de nuevos oprimidos y ofendidos que persiguen iguales ventajas. El auge del victimismo que algunos observan con acierto es inseparable de la acción política que lo alienta para después rentabilizarlo.

Lo que durante un tiempo se anunció como la gran fórmula de la cohesión social, llegando a proponer rociar a la población con hormonas de la empatía para garantizar la paz mundial, parece llevar la semilla de la confrontación. La paz social es un fenómeno menos primario que la cohesión del clan o la tribu, más basado en el libre intercambio y el mantenimiento de prudentes distancias con el prójimo que en la simple receta de ponerse en su lugar.

Frente al paradigma empático-social, con efectos ya conocidos, un enfoque distinto propone reducir la confrontación haciendo el Gobierno menos importante en nuestras vidas, acotando su radio de acción y capacidad de introducir regulaciones, favoreciendo así la participación voluntaria en la vida pública. Un Gobierno para todos que no trate de colectivizar determinados sesgos empáticos desde el poder y para lograrlo, nada más simple que deshacer lo últimamente andado.

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