John Galt contra el capitalismo de Estado

La estatua de Atlas junto al Rockefeller Center de Nueva York fue adoptada como símbolo por el movimiento Objetivista. Se inauguró en 1937, veinte años antes de ver la luz La rebelión de Atlas, distopía cargada de filosofía moral y política con la que su autora, Ayn Rand, quería mostrar el daño que hace a la economía el intervencionismo (capitalismo de Estado) y la inmoralidad intrínseca de los valores colectivistas que promueve.

Encarnan hoy estos valores quienes defienden el redistribucionismo para lograr una igualdad de resultados o el falso victimismo de colectivos que buscan con ello obtener beneficios gubernamentales. El tiempo “no de la razón, sino del amor”, en el que vemos deteriorarse la sociedad de la novela, es en cierto modo también el nuestro. Los social justice warriors y los anticapitalistas que viven de los impuestos al capitalismo secuestrado bien podrían ser hoy los enemigos de John Galt, líder rebelde de la novela, pero no más de lo que éste lo sería de ellos.

No sorprende que a los intelectuales socialistas les interese poco Ayn Rand y desde que han sabido que otra novela de la autora, El manantial, está entre las favoritas de Donald Trump, parece que aún les gusta menos. La mencionan despectivamente como gurú de los ultraconservadores, pero con ello sólo demuestran su propio sectarismo y desconocimiento tanto de las novelas que citan como de la autora y su filosofía.

A diferencia de los ultraconservadores, Ayn Rand rechazaba la religión, razón por la cual no es una referencia indiscutible entre los más conservadores. Para Rand, socialistas y místicos estaban en el mismo grupo, por cuanto para ambos la mente del individuo y el propio interés quedan supeditados a unos valores y un ente superior, real o imaginario. Para los ultraconservadores, la religión sigue jugando un papel clave en la moderación de los valores capitalistas, pero para Rand el comunismo y el cristianismo eran igual de perjudiciales ya que ambos participan del mismo deseo de limitar al individuo en el supuesto beneficio de la colectividad, transponiendo valores morales sin otro fin que el de parasitar a los individuos que constituyen esa misma sociedad.

¿Significa eso que proponen un capitalismo salvaje e inmoral? No, porque es la búsqueda del beneficio propio lo que redunda en beneficio del colectivo y porque además la única moral digna de llamarse así debe basarse en la voluntariedad. “No quiero colaborar si me apuntan con un arma”, dice Hank Rearden, otro rebelde con causa de la novela.

“No quiero colaborar si me apuntan con un arma.” Hank Rearden

Ayn Rand descoloca por igual a conservadores y socialistas, más o menos moderados. Como atea se opone a los primeros pero como buena liberal se opone necesariamente a los segundos. Es por eso que la autora ha tenido difícil encaje en países donde el Estado de bienestar goza de buena prensa y el individualismo, no, o en los que abunda el clientelismo político y el corporativismo frente a un capitalismo puro, donde la empresa sólo rinda cuentas al consumidor y quede expuesta a la libre competencia, sin que gobiernos regulen cada paso del proceso productivo o la innovación.

En La rebelión de Atlas un gobierno limitado va dejando paso a otro cada vez mayor, que da sus primeros pasos con una “ley de igualdad en las oportunidades”. Las empresas rentables se ven obligadas a serlo cada vez menos para cumplir la ley mientras que las deficitarias sólo absorben recursos, sin que ello beneficie finalmente a nadie más que a los planificadores. Especial interés merece el relato que muestra cómo hundir una fábrica dirigida por la máxima de “a cada uno según sus necesidades”, tras seguir una a una las recetas del tiempo del amor, el victimismo y el colectivismo. En la sociedad regida por el capitalismo de Estado la producción queda estancada para ir retrocediendo cada vez más con el control de precios y salarios, la contratación obligatoria, el saqueo y el abandono.

La autora muestra así la perversidad de aquellas ideas políticas que se arrogan la defensa de los más débiles, pero cuando se llevan a la práctica con todas las consecuencias lo que traen de vuelta es inevitablemente la miseria.

Ayn Rand y los intelectuales

“Los intelectuales modernos se lo tragan todo”.

En La rebelión de Atlas los planificadores debaten la necesidad de expropiar patentes y acabar, en fin, con esa cosa tan individualista y molesta del copyright. No les preocupa que con la gestión colectiva se dejen de imprimir nuevas obras. Al revés, eso es dar una segunda oportunidad a obras poco leídas: “Existen muchos libros dignos de atención, que nunca disfrutaron de una oportunidad”.

Como rusa exiliada en Estados Unidos, Ayn Rand recordaba lo vivido tras la revolución rusa, la guerra y postguerra civil (así lo dejó plasmado en una novela anterior, Los que vivimos), y como residente en el mundo libre conocía bien el silencio cómplice de los intelectuales occidentales sobre lo que ocurría en la Rusia soviética y el este de Europa. Pocos años separan su muerte de la caída del Muro de Berlín, que lamentablemente no llegó a ver. El reflejo de esas experiencias y de lo que pensaba de los intelectuales también tiene su espacio en La rebelión de Atlas. Los creía capaces de transformar la realidad en su opuesto por puro servilismo, convirtiendo la esclavitud en amor fraternal:

“Los intelectuales a que alude son los primeros en gritar cuando todo parece seguro, y los primeros en cerrar la boca al primer síntoma de peligro. Pasan años discutiendo acerca de quienes les dan de comer, y lamen la mano de quien abofetea sus respetables rostros. ¿Acaso no han entregado a los países de Europa, uno tras otro, a comités de oportunistas como éste?”

“No hay que preocuparse de los intelectuales. Poned a unos cuantos de ellos en la nómina del Gobierno y enviadlos a predicar lo mencionado por mister Kinnan: que la culpa es de las víctimas. Otorgadles salarios moderados, que basten a su comodidad, y conferidles llamativos títulos y olvidarán los copyrights y efectuarán mejor tarea para ustedes que escuadrones de agentes de la autoridad.”

No, Ayn Rand no tenía buena opinión de esa clase de “intelectuales” y se comprende bien el poco interés de ellos en reconocer el valor de su obra.

Las novelas de Ayn Rand pueden no impresionar por la prosa o la calidad literaria, pero diría que tampoco lo pretenden. Es la fuerza y efectividad del mensaje lo que persiguen ante todo, sin dejar por ello de atraer y emocionar a sus lectores en cada escena. La rebelión de Atlas es una novela larga, dividida en tres partes y de más de mil páginas. Si no la han leído y les parece demasiado, prueben con El manantial, ya saben, la favorita de Donald Trump, que también ensalza valores individualistas frente a colectivistas y es, para muchos, incluso mejor. En este caso, además, la versión cinematográfica sí merece ser vista. Es de ahí de donde sale el famoso discurso de Howard Roark sobre el individualismo y la creatividad. Que lo disfruten.

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Un comentario en “John Galt contra el capitalismo de Estado

  1. Complacido por leer tan buen artículo y sorprendido al saber, tras comentarlo con él, que mi hijo es admirador de Ayn Rand. El mundo es pequeño.

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