Tres culturas y media verdad

“Es decir, los españoles siguen sin tener una idea ni aproximada de cuanto de bueno y de malo significó al-Andalus, suplantada esa noción por fogonazos aislados, tal vez de mayor indigencia intelectual que la de siglos pasados, porque ahora la electrónica desplaza el conocimiento, sustituyéndolo por píldoras condensadas de nada, entre teclados, gráficos y minitextos que nadie lee.”

Toda simplificación esconde algo de verdad y algo de mentira, más cuando deriva de intereses espurios o ideológicos propios de cada época. Se alude, por ejemplo, a un periodo de perfecta armonía intercultural durante la Edad Media, creencia errónea pero bien asentada entre nosotros y no sólo aquí.

Obama dio prueba de ello en su famoso discurso de El Cairo (2009), donde elogió la tolerancia en la que vivían las tres culturas bajo dominio del califato cordobés, mientras en el territorio cristiano se desarrollaba la Inquisición. Anacronismos aparte (la Inquisición española es bastante posterior), el discurso contribuyó a expandir la idea de una tolerante sociedad multiétnica bajo dominio musulmán, algo que no fue, y que, desde luego, contradice la realidad de los países donde la religión mayoritaria, cuando no absoluta bajo pena de cárcel o coacción a los infieles, es hoy el mismo islam de siempre.

Renovado el conflicto cultural en nuestra época con las migraciones incontroladas, el islamismo de la eterna yihad y los velos que creíamos olvidados, existe ahora un interés evidente por volver a los hechos históricos y reinterpretar lo poco o mucho que sabemos de ellos a gusto de cada cual. Es entonces cuando urge desaprender lo malamente aprendido.

El libro de Serafín Fanjul, Al-Ándalus contra España: la forja de un mito (2000), cumple bien este propósito, y aunque él mismo no tiene buena opinión de estas píldoras que nadie lee, podemos usar las nuevas tecnologías y la electrónica para recomendar desde ellas su lectura, no tanto por ser novedad editorial como por la alusión al tema cada vez más frecuente en diferentes sitios y porque publicaciones recientes en otras lenguas, por él citadas, obligan más bien a poner de actualidad el suyo.

Alfonso X el Sabio, más maurófobo que maurófilo

Miniatura de las Cantigas de Santa María que muestra a Alfonso X el Sabio (1221 — 1284) , dictando.

Hubo un rey cristiano que estimuló el intercambio cultural con judíos y árabes haciendo famosa su Escuela de Traductores de Toledo… Esto y algo más es lo que nos enseñan y memorizamos en el colegio. Sin embargo, las obras que dejó a la posteridad el rey Sabio son el reflejo de su tiempo y lo que en ellas se cuenta poco tiene que ver con la pacífica sociedad multiétnica que se asocia con ese periodo.

“Así, en Las Partidas mantiene a raya a moros y judíos con su normativa jurídica, con la Escala de Mahoma se intentan documentar las demasías escatológicas del profeta de los musulmanes y en la Primera Crónica General (Estoria de España) se trata de difundir la crítica directa contra el Islam a través del descrédito personal de Mahoma.”

Alfonso X se presenta a menudo como modelo de gobernante equidistante durante el periodo de las tres culturas, pero participó de hecho en la Reconquista (se entienda lo que se quiera con tal denominación) y numerosas pistas sugieren que se trataba con seguridad de otra cosa. No tradujo el Corán para dignificarlo sino para mejor conocerlo y después criticarlo.

“Los contactos entre ambas culturas no pasaron del aprovechamiento de los valores prácticos de la cultura dominada por parte de la dominadora, sin que ninguna reconociera jamás los valores morales o religiosos de la otra.”

“Aun en un clima de relativa tolerancia —y fuerza es recalcar lo de relativa— como el reinante en el Toledo del siglo XIII, musulmanes y cristianos se soportaron pero no se entendieron y en este contexto hay que situar la visión de Alfonso X acerca del Islam y de Mahoma.”

Los inquisidores actuales de la islamofobia no tendrían ningún problema en detectarla con total claridad en sus escritos. Extraña sociedad armoniosa donde se muestra que las diferentes culturas no vivieron mezcladas alegremente, sino más bien en un sistema similar al apartheid, de conflicto o tensa calma, para terminar en expulsión por una u otra parte, dependiendo del lugar y el momento histórico que se mire.

No puede el autor pasar por alto desatinos de notables literatos que han contribuido a popularizar estas ideas, como Juan Goytisolo, Premio Cervantes recientemente fallecido e instalado en Marruecos, buscando la proximidad a un orientalismo tolerante y abierto que en realidad nunca existió, o Antonio Gala y el arabismo decorativo de El manuscrito carmesí, más cerca del romanticismo literario que de un conocimiento profundo de las costumbres y la sociedad de aquel tiempo:

“la Granada monocultural, monolingüe y de ninguna tolerancia religiosa del siglo XV la transmuta —eso sí: gozosamente— en el lugar común, tan frecuentado en la actualidad, del crisol de moros, judíos y cristianos.”

El mito, nos dice, tiene una historia no muy lejana. Arranca a finales del XIX y sobre todo, con el impulso que le dio Américo Castro, a quien no duda en identificar como “precursor inconsciente de lo políticamente correcto”.

Imaginarias raíces andalusíes

El pretendido origen andalusí del flamenco (“buque insignia de publicistas, políticos y profesionales de los tópicos”), tiene aquí su propio espacio (“¿Trajeron los moros el lerele?”). También examina expresiones populares de otros sitios, como la conocida Os mouros en tierras gallegas, y completa su ensayo con “Toponimias y otras rechuflas”, de interés para curiosos y lingüistas.

El resto del libro son extractos de textos antiguos de muy variada temática (códigos legales, romances, recetas…) y numerosas referencias que aportan más datos para quien quiera seguir investigando.

Así que, si todavía no saben qué leer este verano, les animo a probar con esta lectura, que además de enriquecedora resulta muy amena, y que si en algo nos cambia las ideas erróneas que pudiéramos tener sobre algunos de estos temas, bien está.

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