Ficciones

No es un misterio la razón por la que asoma la ideología colectivista en el panorama cada vez que el mundo rico entra en recesión o ralentiza su crecimiento.

Según sus defensores, los fracasos del socialismo real en el pasado se deben a una mala ejecución. Cada particular despropósito tiene su propia justificación, de acuerdo con la doctrina. Aquí algunos ejemplos:

El capitalismo no se hundió según lo previsto por Marx porque se supo adaptar y convirtió a los obreros en consumidores. 

El Estado de bienestar europeo se hizo para frenar el avance del comunismo. 

La revolución cubana acabó con la pobreza y su sanidad es la envidia de cualquier país, pese al bloqueo.

China demuestra que el colectivismo funciona.

En la China de Mao las hambrunas fueron provocadas porque se exportaron más cereales de la cuenta, debido a una confianza excesiva en las cifras de producción.

La URSS se hundió porque se vio obligada a gastar en armamento para defenderse de Estados Unidos.

Las economías latinoamericanas que intentan el socialismo se ven obligadas a endeudarse por culpa del imperialismo estadounidense.

Y así va el tema.

Básicamente, todo se reduce a decir que ocurrió algo con lo que no contaban y si no se da con ese “algo”, siempre se puede acudir al socorrido Estados Unidos como paradigma del mal.

Según parece, mientras la libertad económica está ocupada creando riqueza, el planificador total se dedica a inventar pretextos para justificar las razones de pasados fracasos, como el mal científico al que ciega la fe.

La realidad, sin embargo, es mucho más simple. Respondemos a incentivos individuales antes que colectivos y cuando somos libres y responsables de nuestra propia fortuna, cada uno contribuye a mejorar la situación del conjunto. Si invertimos la flecha, dando por sentado que el Estado se encargará de nuestro bienestar, el resultado es que nadie se encarga de nadie, ni de sí mismo, lo que lleva a un empobrecimiento colectivo cada vez mayor. China no es en esto la excepción, sino la enésima confirmación del experimento, como Tim Harford explica (“Cómo China se hizo rica”, El economista camuflado, 2006).

Pero el colectivista, no contento con autoengañarse, extiende sus ideas al resto de la sociedad, donde al menos en el acervo cultural puede triunfar, con la venia del sistema educativo y el laissez faire. A la vista está el recurrente ascenso al poder del populismo en ciertos países y su representación parlamentaria más o menos testimonial en otros.

A su éxito ideológico contribuyen en buena medida los intelectuales y los divulgadores, que en sus bien intencionadas obras incluyen todas o algunas de aquellas invenciones, sin mucho comprobar su actualidad, verosimilitud o certeza.

Yuval N. Harari, pensador y divulgador de moda, dice en sus libros que en la sociedad compartimos creencias que son puras ficciones pero evitamos cuestionarlas porque nos resultan útiles, tratando de mantener un delicado equilibrio entre realidad y ficción. Esto valdría no sólo para la religión, que es en lo primero que pensamos, sino también para el dinero o un cierto conglomerado de empresas. En realidad, casi cualquier cosa podría ser una ficción útil, desde cierta perspectiva, pero las ficciones que el colectivista inventa y sufraga (y algunos, además, difunden) sólo son útiles para quienes las ponen en circulación.

Harari, por cierto, que es historiador y no economista, contribuye también a difundir algunas de ellas en su último libro, Homo deus, como el mito del cerebro igualitario, que no es tal, las hambrunas chinas por exceso de exportaciones o el miedo al comunismo como motor del cambio hacia una sociedad de consumidores. El autor ha vendido miles de copias en todo el mundo y es uno de los más leídos y recomendados. Mark Zuckerberg, que tiene entre sus metas llegar a la Casa Blanca, también nos lo recomienda, al igual que Bill Gates y Barack Obama.

El escéptico es ese que nos alerta de las ficciones en el terreno de los hechos, pero a veces pasa por alto las que crea el poder o sus aspirantes, como demuestra ese periodismo de la “objetividad correcta” que pretende determinar lo que debemos saber y de lo que podemos hablar o investigar, caso de aventurarse a hacerlo. El despido del ingeniero de Google esta semana vale como ejemplo, noticia que los medios mayoritarios ofrecen ya regurgitada calificando su manifiesto de machista, sin entrar mucho en la veracidad de los datos o las políticas de discriminación positiva dentro de su empresa, que es lo que cuestiona.

Hay una línea cada vez más gruesa que une a los demócratas norteamericanos con las “ideas correctas” y cuando estas incluyan ficciones del calibre de aquellas, faltará ya muy poco para que el capitalismo de Estado se instale.

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