El neoliberalismo y las confusiones de nuestro tiempo

Sostienen algunos que el neoliberalismo tiene la culpa de todos nuestros males, entendido éste como un exceso de libertad económica (1). Nunca se deben a que hay demasiadas regulaciones, impuestos, subvenciones, limitaciones o incentivos ajenos a las preferencias que deben regir el libre mercado, sino al escaso control del gobierno sobre la actividad económica, o sea, a que hay poco intervencionismo. Quienes esto dicen suelen pensar también que con más socialismo en la economía nos iría mucho mejor a todos.

Por extraño que parezca, el término “neoliberalismo” no aludía en origen a una economía totalmente libre o desregulada, sino más bien a una economía libre que se resignaba a dejar paso a lo público, asunto que suena más a su opuesto. Como señala Richard M. Ebeling, “el neoliberalismo nunca fue acerca de los mercados libres” (2). Pero la confusión sirve bien al camuflaje y muchos políticos en todo Occidente se ofrecen hoy para poner coto al neoliberalismo, previamente definido a su aire, para ser demonizado después a su gusto. Acompañado del tópico y la confusión, avanza así el gobierno omnipotente, mientras disminuye o se pone en riesgo la libertad, la riqueza real, la información y hasta la capacidad de raciocinio.

Un experto en el mundo agro se quejaba estos días en un medio de comunicación del bajo precio de los productos del campo. Afirmaba que eso se arreglaría si funcionara mejor “el mercado”, cuando de hecho es la libertad de mercado y la competencia sana lo que reduce los precios. El experto pedía más mercado, pero parece que lo que en realidad echaba de menos era el proteccionismo de tiempos pasados, que castigaba al consumidor con precios artificialmente altos y escasez de buenos y variados productos, como recordarán nuestras madres y abuelas.

La entrada en la Unión Europea ha sido positiva para consumidores y productores, aunque el intervencionismo del gobierno en el sector agrario no ha desaparecido del todo ni mucho menos; lo seguimos pagando vía impuestos, ya que la mayor parte del presupuesto de la UE se dedica a la Política Agraria Común (PAC), algo que no se dice y como consecuencia, generalmente, se ignora (3). Sin embargo, si hay algún fenómeno que nos disguste del sector agrario europeo (precios bajos para el productor, malas condiciones laborales de los inmigrantes o los fraudes del PER), ya procurarán los partidarios del intervencionismo no mencionar nunca las subvenciones que reparte la Administración como causa de sus males (para estos expertos, siempre serán pocas), sino al neoliberalismo desregulador y los mercados, que no asignan bien los recursos si se dejan a su albur (4).

Hasta los males seculares de la burocracia se pueden imputar tranquilamente a cierta relación paradójica con el neoliberalismo (5). Si la burocracia es costosa e ineficiente es porque en el fondo le viene bien al mercado, que últimamente busca instrumentalizar la norma burocrática para construir “la hegemonía de lo mercantil sobre lo social” (6). Y así, todo encaja. Se puede decir que el neoliberalismo es menos Estado y al mismo tiempo dar a entender que propicia la burocracia. Todo sea por mantener el prejuicio favorable hacia el Estado y negativo hacia el mercado. Otros lo llamarían hacer pseudociencia para reforzar la ideología, pero sólo es porque son ajenos a las profundidades de la Teoría Crítica…

Hay una cosa para la que, al final, sí sirve el término y es para saber qué valor otorga quien lo usa a la libertad de mercado o empresa. Es raro encontrar partidarios de la competencia, los mercados y la soberanía del consumidor que se sientan cómodos con él. Son sus contrarios quienes lo utilizan y siempre con carga negativa. Desde su punto de vista, el progreso y las mejoras en las condiciones de vida son gracias al intervencionismo de los gobiernos, que saben lo que es bueno para nosotros, mientras que cualquier defecto o falla se debe a que no hay suficientes regulaciones para que todo funcione mejor. Así se explica, por ejemplo, la insistencia en controlar el precio de la vivienda mediante subsidios a demandantes y regulaciones sobre la oferta, cuyo efecto final es justamente aumentarlos.

Todas las economías tienen gobiernos intervencionistas en mayor o menor medida, pero cuando el término se usa despectivamente para culpar de los males al exceso de libertad económica, urge salir del bucle de los significados a medida de las ideologías y utilizar indicadores cuantitativos más objetivos. Esta función la cumplen hoy los índices de libertad de los países. Allí donde la libertad económica es alta, la prosperidad también lo es; y al revés, donde el gobierno es altamente intervencionista, suele haber más paro, la renta es menor y, a menudo, está peor distribuida.

Véase en esta geografía de la libertad (6) dónde está hoy cada país y que cada particular medite si su mal es el exceso de libertad o precisamente la falta de ella, no vaya a ser que con la receta que promete arreglar todos nuestros males con más gobierno y menos libertad, los terminen más bien de empeorar.

NOTAS

1. George Monbiot: Neoliberalism – the ideology at the root of all our problems. The Guardian. 15 de abril de 2016.

2. Richard M. Ebeling: El neoliberalismo nunca fue acerca de los mercados libres. 24 de noviembre de 2017. Biblioteca Mises.

3. Nicolas Moës: EU budget, Common Agricultural Policy and Regional Policy – en route to reform? 22 de febrero de 2018. The Bruegel Newsletter.

4. Gennaro Avallone: El campo neoliberal y su crisis. Agricultura, sociedad local y migraciones en la Europa del Sur. Encrucijadas. Revista crítica de ciencias sociales. Vol. 6, 2013.

5. A. Martín Zea: Burocracia y neoliberalismo: una relación paradójica. 2015-2016. ULL, TFG. Filosofía.

6. Luis Enrique Alonso y Carlos Jesús Fernández Rodríguez: La burocracia neoliberal y las nuevas funciones de las normasEncrucijadas. Revista crítica de ciencias sociales. Vol. 12, 2016.

7. 2018 Index of Economic Freedom. The Heritage Foundation.

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